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31 ene 2012

24 horas





24 horas


Miró el reloj: las 6 de la tarde.

¡Click!
- Aló, si…?
-  Aló, señora, usted no me conoce.  Me apena pero tengo que contarle que su marido la engaña.  Hoy, dentro de una hora, a las siete de la noche, se va a encontrar con su amante en el bar de la esquina de su oficina.  Le cuento esto por su bien.  Adiós.
Algo se quebró en ella. Se miró en el espejo. ¿Hace cuanto tiempo que no iba a la peluquería, o se hacía la manicure, o se maquillaba? ¿Cómo así había desatendido a su marido? Estaba tan dedicada a sus dos pequeños que había descuidado la relación con su esposo. Pero no lo podía creer, tendría que verlo con sus propios ojos. 
Le dijo a la empleada que no se preocupen por ella porque iba a llegar tarde.  Dio un beso a sus hijos y los dejó jugando, salió de casa y tomó un taxi.
- Señor, estacione su taxi cerca de ese bar. Vamos a esperar.
- Pero señora…
- Tome cien soles por dos horas ¿está bien?

- Claro, “con la plata baila el mono”, no hay problema.
Esperaron diez minutos antes de que llegue el carro de su marido.  Ella se escondió para ver sin que la vieran.  Estacionó en la puerta del bar, dio la vuelta al carro para abrir la puerta a una rubia muy sexy, claro… ¡su secretaria! - ¡Desgraciado, a mí nunca me abres la puerta…! - pensó. Siguieron esperando. A la media hora se abrieron las puertas y salieron tomados de la man y subieron al auto.
- Sígalos, no los pierda de vista.
- Usted ordena patrona.
Un motel en una calle solitaria.  El carro de los amantes ingresó por el portón y ella se quedó en la soledad más completa.  Desde que le pasaron el chisme su rostro había quedado impasible.
- Regrese al mismo bar, por favor.
- Como no.  Señora, déjeme decirle que lo lamento, yo…
- Gracias, comprendo, no se preocupe.
Se sentó en la barra y pidió un coñac.  Un elegante caballero a su lado, la miró intrigado. ¿Qué podría estar haciendo en la barra de un bar esa ama de casa (era la impresión que daba y no se equivocaba) frente a un trago de hombres?
Apuró el coñac, sintió el impacto y se estremeció.  De repente la decepción, el dolor, la vergüenza rompieron el dique de su educada elegancia y estalló en sollozos incontrolables.  El caballero sorprendido le dio su pañuelo para que se enjugase las lágrimas y la cogió por los hombros.  Ella pegó su rostro a su pecho pero siguió sollozando silenciosamente.  Él hizo una señal al mozo y entre ambos la llevaron a una mesa aislada.  Él pidió dos cafés expresos dobles y esperó que se calme.
- Señor, estoy desolada, avergonzada.  ¿Cómo pude…?
- Ni vergüenzas ni nada. Solo serénese.
- Es que…
- Mire, tome su café que se enfría.  Después hablamos.
Pasó un rato largo hasta que ella tímidamente levantó la vista. La estaba mirando con una leve sonrisa.  Le devolvió la sonrisa.  Ahora estaba calmada, pero enfurecida.  Primera vez en su vida que sentía esa ira, ganas de golpear, de herir y ser herida.
- No sé como…
- Lo sé.
- En realidad, me ha sucedido algo que…
- Lo sé.
- Tengo que decirle…
- Nada.  No tiene que decirme nada, pero si quiere contarme su drama soy su escucha.
- Pero usted no me conoce.
- La conozco.  La vi llorar.  ¿Usted, porque está hablando conmigo?
- No sé.  Me inspira confianza.
- Pues bien, usted hace que me sienta bueno.  Me hace sentir como un caballero andante que tiene que salvar a su dama de las garras de un dragón.
- Ningún dragón.  Es mi marido, al que amo tanto.  ¡Nooo…! Al que odio.
- No amiga, usted no es de las que saben odiar.
- Pues nunca es tarde para aprender.  Le voy a contar lo que me ha pasado.
Quizá por el coñac, quizá por el desencanto o por la confianza que le inspiraba le contó lo sucedido en ese negro día.  La escuchaba con atención.  La catarsis fue saludable.
- ¿Sigues odiándolo?
- A ti te lo puedo decir (sin darse cuenta ya se tuteaban).  Jamás odié a nadie, siempre fui una mujer ejemplar, me casé con mi primer y único amor, ahora creo que también el último,  pero me traicionó y nunca podré perdonarlo.  Mañana mismo me voy con mis hijos donde mis padres.
- Te voy a decir una cosa, tú también tienes la culpa.  Te casaste con él para estar siempre juntos, en las buenas y en las malas.  ¿Te vas a rendir a la primera “mala”?
- Es que me ha traicionado, me es infiel.  Imposible perdonarlo.
- Comprendo.  Como eres “doña perfecta” nadie puede fallarte porque no sería digno de ti.  Dime, ¿con cuántos otros hombres has estado, además de tu marido?-
- ¡Con ninguno, por supuesto!, hasta la pregunta ofende. - Pídeme otro coñac..
- ¡Mozo, dos coñac!... - ¿Pero, has tenido tentaciones?
- ¡Claro!  Pero he sabido comportarme, he sido fuerte.
- Amiga.  Primera lección.  Tú no eres fuerte.  Te has derrumbado por una pequeñez.  ¡Shhh...!  No protestes, escucha.  No confundas la virtud con la cobardía.  Por lo que me has contado tú tienes una enfermedad que llamaría “biofobia”.  Tienes miedo de vivir.  Miedo a la aventura, al peligro, al dolor, al placer, a equivocarte, a descubrirte a ti misma y desenterrar tu “mujer biológica”.
Se sintió herida.  Reconocía la verdad en lo que le dijo y sentía una rabia e impotencia que la hizo apretar los dientes.  No, lo seguía odiando, nunca perdonaría su infidelidad. ¿Con cuantas mujeres habría estado mientras ella permanecía en casa, como una estúpida mirando sus telenovelas?  Cerró los ojos con fuerza mientras se decía: “me voy a vengar, en la primera oportunidad voy a devolverle ese golpe bajo, si… lo haré”.
Pasaron unos minutos de reflexión calentando el coñac entre las manos y saboreándolo sorbo a sorbo.  Abrió los ojos y el caballero de ojos verdes la estaba mirando. ¡Qué guapo es! pensó, y  luego en voz baja:
- Ya sé lo que voy a hacer.
- ¿Qué dices…?
- Que quiero que me hagas el amor.
- ¡Queeeé…!
- ¡QUIERO QUE ME HAGAS EL AMOR! – gritó.
Todos los presentes voltearon a mirar.  Los dos se miraron asustados, sorprendidos, luego avergonzados, mientras la gente aplaudía.  Él, sonrojado, dejó un par de billetes en la mesa, la tomó de la mano y la sacó apurado del bar, entre sonrisas cómplices, felicitaciones y silbidos.
No se volvieron a dirigir la palabra para nada, todo estaba sobreentendido.  La llevó a su departamento, a oscuras, la desvistió lentamente, luego la besó suave, dulcemente, y empezó a acariciarla.  Ella se dejaba hacer mientras su cuerpo se estremecía por este placer prohibido. Temerosa primero, tierna luego y de pronto se desató la pasión.  Seguían acariciándose, su cuerpo ruborizado se endurecía, se estremecía y se tornaba cálido, extrañas pero gratas sensaciones la invadían, y todo eso era nuevo para ella.  Terminó palpitante, rígida, con las uñas clavadas en la espalda de su pareja, ambos agitados, hasta llegar al clímax: sí, era la pequeña muerte.  Luego, el reposo del guerrero, descansar sobre su velludo pecho en una paz absoluta.  Cinco minutos de silencio.
- Hola, ¿qué tal?
- Hola, gusto de conocerte.
- ¿Cómo te llamas?
- No me llamo, me llaman “el mago”.
- ¿Porqué mago?
- Porque hago milagros, no milagros, magia: creo personajes, fabrico paisajes, convierto lo malo en bueno y lo feo en bonito, hago emocionar, llorar o reír a la gente.
- ¿Por qué me quieres engañar?  Dime la verdad.
- Es la verdad, soy escritor, director de teatro… y también actor.
- Te faltó algo, también eres el amante perfecto.  Eres un mago de verdad.  Con un pase has convertido mi pena en gozo, mi tortura en paz.
- No me has dicho tu nombre, ¿cómo te llamas?
- No tengo nombre. Yo soy nadie.
- Bonito nombre, “Nadie”, como Ulises.  Dime Nadie, ¿sigues odiando a tu marido?
- Eres un maldito.  ¿Cómo lo sabes?  Ya no lo odio, lo amo lo extraño. ¿Qué me ha pasado? ¿Porqué, Dios mío, porqué?!!!
- Bienvenida al club de los pecadores.  Recién ahora puedes ser tan humilde como para conocerte a ti misma.  Para poder perdonar primero hay que conocer el pecado.
- ¡Pecadora! ¡Bravo, por fin he pecado…!  Pero dime, ¿por qué no estoy arrepentida?
- Bienvenida al club del amor.  Porque hemos tenido sexo con humanidad, ternura y cariño.
-  ¡Pero si yo amo a mi marido!
- Y a mí.
- ¡Mentira, eso no puede ser! No se puede amar a dos hombres a la vez.
- Tonta.  Si amas a un solo hombre eso es posesión, egoísmo.  El que siente el verdadero amor ama a todos.  La moral, o sea las costumbres, te pide que tengas sexo solo con tu cónyuge, pero amas a tus padres, a tus hermanos, a tu esposo, a tus hijos, a tus amigos…
- Pero contigo, ¿Qué es lo que siento?
- Que me amas como amigo.  Nuestro sexo es pasajero. Hoy vas a regresar con tu esposo, lo vas a perdonar…
- ¡Ya lo perdoné!
- … y vas a cambiar tu vida.
- Si, te lo juro.  Pero, por favor, quiero más…
- Yo también, pero cierra los ojos…
Se dejó hacer.  Sin apuros, lentamente como si no quisieran que acabara el bíblico “tiempo para amar”.  Se conocieron.  Para ella, era nueva esa entrega total,  esa comunión en el placer.  Él era un tierno artista que interpretaba obras maestras tocando su cuerpo como un cálido instrumento.  Sin apuros recorrió sus valles y montañas aprendiendo ambos la geografía del placer, entre gemidos y sonrisas.  Se amaron una y otra vez hasta caer rendidos entre risas cómplices y besos tiernos y sin separarse - ¡ni se te ocurra! - y a la sombra del humo de un  cigarrillo, libres de vergüenzas y pudores, se contaron sus historias.
Por primera vez vio todo claro. Sí, ella, educada por las monjas, era la pacata, era culpable. Pero ahora había cambiado completamente, se sentía; una mujer nueva, diferente, opuesta, libre, en paz, feliz.
       Se acomodó en sus brazos meditando.  Sí, lo quería ¿Cómo era posible que en un par de horas supiera tanto de este hombre y él de ella? La Biblia tiene razón, cuando dice “David conoció a Betsabé” en vez de decir “hizo el amor con”.
- ¿Pero como hago para recuperar su cariño?
- Tú eres hermosa y no lo aprovechas, vístete sexy, maquíllate, excítalo, provócalo, sé sensual, atrevida, coqueta, juega con él.   Vivan aventuras juntos.  Que sus vidas se renueven día a día.  Huye de la rutina.
- ¿Podré hacer todo lo que pides?  Me siento tan inútil.
- Ahora soy tu amante pero siempre seré tu amigo, y como amigo, me tienes a tu disposición.  Vamos a pensar en algo, pero antes, déjame despedirme de tu cuerpo.
- También yo lo estaba deseando.  Son seis veces y yo nunca antes... ¿No seré ninfómana?
- No, querida, solo eres una bella durmiente que ha despertado con un beso sincero y has despertado con unas ganas terribles, creo.  Y yo me siento el sapo convertido en príncipe con tu primer beso.
La bella durmiente y el sapo se rieron como ríen los niños inocentes de cualquier tontería.  Ella le hacía cosquillas y él le correspondía, hasta que las risas se fueron convirtiendo en gemidos, susurros, y tiernas caricias.  Lentamente, solemnemente, dulcemente, volvieron a “conocerse”  y descorrieron el séptimo velo.
Llegó a casa en la madrugada.  Él dormía profundamente. Despacito, se acostó a su lado, le dio un tierno beso en la mejilla y se durmió como un bebé.
Despertó sobresaltada, era las ocho de la mañana del sábado y los Bancos abren a las nueve.  Su esposo estaba en el baño.
- Hola, amor, anoche llegué un poco tarde.
- Sí querida, en la madrugada. La chica me avisó que ibas a ir a una fiesta de tus amigas. ¿Te divertiste?
- No te imaginas cuanto.  Tengo que ir al banco a sacar dos mil dólares para cancelar mis cuentas de las tarjetas.  ¿Me acompañas?
- Pensaba jugar tenis en el club…
- No seas malo, mira que no me gusta caminar con tanto dinero en la cartera, me pueden asaltar.
- Bueno, tomamos desayuno y salimos.
Estacionó su Volvo en el segundo sótano del centro comercial, fueron al banco y ella sacó dos mil dólares.  Regresaron al vehículo y él metió las manos al bolsillo para sacar las llaves.  De repente, él sintió que bruscamente le torcieron el brazo tras la espalda y le pusieron una pistola en la sien.
- ¡Silencio mierda!, ¡no se muevan o los quemo, no volteen, de cara contra la pared!
- Querida, hazle caso,  no grites, tranquilízate, no va pasar nada.
No pudo seguir hablando, un pañuelo con cloroformo en su cara y perdió el conocimiento.  
No sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando despertó. Negrura absoluta, estaba atado de pies y manos, se movió y sintió otro cuerpo cálido pegado al suyo ¡Estaban en la maletera de un auto!  En la oscuridad reconoció el perfume de su mujer.
- Querida, ¿Cómo estás, que te han hecho?
- Estoy asustada.  Nos han secuestrado.  Me quitaron los dos mil dólares y mi tarjeta Master Card.  El tipo me amenazó con matarte y he tenido que darle la clave de la tarjeta de crédito, pero amor, con el susto me confundí y le di la clave de la tarjeta Visa.  Tengo mucho miedo amor, cuando regrese nos va a matar.
- Tienes que ser valiente cariño. ¿Sabes dónde estamos?
- Creo que hemos viajado más de una hora y se siente el sonido del mar. Debe ser alguna playa del sur.  Hace diez minutos que se fue, tenemos como una hora antes que regrese.
Intentaron desatarse pero fue en vano.  Estaban atados frente a frente, cabeza con cabeza.  Él presentía lo peor y quiso contarle todo.  Es más fácil confesarse en la oscuridad. La beso dulcemente y le dijo:
- Cariño, quizá sea esta la última oportunidad de hablar solos.  Voy a decirte algunas cosas que tú no conoces.  ¿Recuerdas la Universidad?  Yo estaba en quinto año de Ingeniería Civil y tú estabas en segundo año de Arquitectura.
- Sí, pero ya nos conocíamos como amigos de barrio, tú no me dabas bola.
- No te molestes pero en esa época no eras una muchacha agraciada. Tenías una nariz ganchuda, que afeaba tu cara.  Yo estaba enamorado de una rubia compañera tuya que cuando me declaré se rió de mí y me mandó a rodar.  Conversando de mujeres con mi collera alguien se acordó de ti, decían que no ibas a encontrar a nadie que te soporte.  Yo te estimaba y eso me dolió y protesté.  Me desafiaron y me apostaron un chifa que yo no me declaraba a ti.  De pura cólera acepté.  ¿Recuerdas como te pedí que fueras mi enamorada?  Tenía la esperanza de que no aceptes, pero dijiste que sí.
- Yo estaba enamorada de ti en el barrio desde los nueve años.  Ese fue el momento más emocionante de mi vida.  Lo que menos esperaba y lo que más deseaba, sucedió.
- Tuve que besarte maniobrando para no chocar con tu nariz ganchuda. Me agradaba tu compañía, me acostumbré a ti, pero no pensaba casarme contigo.  Eras mi cómoda amiga-novia.  Tú no pedías nada y me soportabas todo.  ¿Qué más podía pedir?
- Entonces, ¿por qué terminaste conmigo aquella vez?  Eso me destrozó.
- Me enamoré de otra chica, era una belleza.  No era del barrio.  Estuve con ella unos meses y la encontré muy vacía, tonta.  Ella me encontró muy exigente, muy vivo y peleamos. Hasta ahora no sé quién dejó a quién.  Después tuve vergüenza de regresar contigo.
- Pero volviste. ¿Por qué te casaste conmigo?
- Esto es lo más duro: un día me llamó tu padre, me dijo que tú estabas destrozada por mi ausencia. Me rogó que regrese contigo, que tú me amabas, que me daría trabajo en su empresa, me pidió que me casara contigo.
- Lo sé.  Estaba escuchando tras la puerta.  ¿Y por qué aceptaste si no me querías?
- No sé.  Te quería pero como a una hermanita menor.  Además estaba decepcionado: dos enamoradas me habían rechazado, ya había presentado mi tesis y obtenido el título de ingeniero y estaba sin trabajo.  Además tú me querías.
- ¿Y por qué has dejado de quererme?  ¿Qué hay con tu secretaria?
- ¿Quéeee?!!! ¿Cómo? ¿Cómo sabes…? Yo…, bueno, te voy a contar todo.
Antes de casarnos te operaste de la nariz y te convertiste de patito feo en bello cisne.  Me impresionaste, pero nuestra luna de miel fue casi un fracaso ¿recuerdas?
- Para mí fue muy doloroso para mí la primera vez.  Además no estaba preparada para eso, ni las monjas ni mamá me contaron lo que iba a suceder.
- Cuando llegaron los niños todo cambió, me robaron el corazón.  Tú fuiste una madre perfecta y aprendí a admirarte.  Día a día te quería más y estaba más orgulloso de ti.  Tú en cambio te distanciabas, volcabas todo tu amor en los chicos y no quedaba nada para mí.   Muchas veces quería estar contigo y me rehuías.
- Y por eso te fuiste con tu secretaria.  ¿Desde cuándo estás con ella?
- Querida, no te puedo negar que he estado inquieto y pensado en otras mujeres.  No sé si es la “picazón del séptimo año”, tu indiferencia a mi deseo o ambas cosas, pero te juro que nunca te he sacado la vuelta. Mi secretaria viene insinuándose hace tiempo y ayer me sedujo.  Yo caí como un estúpido y te pido perdón por eso.  La llevé a un motel pero a la hora de la verdad no pude hacerlo, mi cuerpo no respondía, yo sólo pensaba en ti.  Mi secre quedó despechada, creo que con eso ya está curada.  Imagínate, cree que soy maricón.
-¿No me mientes?
- ¡Te lo juro por nuestros hijos, y tú sabes cuánto los quiero!
- Te creo, amor, pero bésame que siento ruidos.  Está estacionando su carro, ya ha regresado.  Tengo miedo…
- Se valiente querida, tenemos que estar preparados para lo peor, pero si salimos de esta te juro que viajamos de inmediato a algún lado solos tú y yo.
El secuestrador entró al garaje dando un portazo y gritando groserías.   Los sacó de la maletera del Volvo y, tirándolos al suelo, los  pateó.
- ¡Perra desgraciada! ¡Me has engañado. Puta, puta, puta, te voy a enseñar a mentir!
- ¡No, no, no,  perdóneme señor, me equivoqué de número, perdón, perdón!!
- ¡Qué perdón ni qué carajo!  ¡Ahora vas a ver!
Sacó su pistola, liberó sus manos y pies de las cuerdas, la levantó del suelo, y encañonándola con el arma, la abrazó y comenzó a besarla en el cuello, en la cara.  Ella rehuía, se retorcía, trataba de quitar su boca, gritaba.
- ¡No, por favor, no, no, nooo…!
- ¡Conchetumadre! ¡Hijoeputa! ¡Deja a mi mujer! Yo te daré todo la plata que tengo, pero suéltela maldito!
Él, riéndose le abrió la blusa de un titón,  le bajó el sostén y empezó a besarle los senos y acariciar su trasero.  Le puso la pistola en el pecho mientras ceñía su cintura con el brazo libre, apretándola contra sí.  Ella gritaba, su marido blasfemaba y sollozaba retorciéndose en el suelo.  Ella quiso liberarse y en medio del forcejeo sonó un disparo.  
Se hizo la quietud y el silencio, ella con la boca abierta, una mueca de asombro y terror en la cara, sacó de entre ambos la mano ensangrentada.  El marido dio un grito espeluznante de dolor.  
El secuestrador lentamente, dobló las rodillas y cayó al suelo, con la camisa manchada de sangre y una mueca de horror e incredulidad en el rostro y así quedó.  Ella consternada gritaba: ¡Lo maté, lo maté, lo maté…!
Se acercó y puso sus dedos en el cuello buscándole el pulso, cogió un trapo del suelo y le tapó el rostro.
- ¡Está muerto!
- Calma querida, desátame que yo me encargo. No toques nada, voy a limpiar tus huellas.
Ella buscó en sus bolsillos recuperando la tarjeta de crédito y los dos mil dólares.  No tenía nada más.  Se arregló la ropa, recogió su cartera.  
Revisaron el lugar, era un rancho de playa vacío.  Su Volvo fiel los esperaba con las llaves puestas. Afuera estaba el auto del secuestrador, no había un alma en los alrededores: una trocha de cien metros y la Panamericana.
Llegaron a casa a las cuatro de la tarde. La abuela los esperaba con la comida servida caliente. Abrazaron a los niños y los dejaron jugando al cuidado de su nana.    
- ¡Gracias, mamá! – dijo ella – enseguida nos vamos a dar un duchazo y luego nos vamos a Punta Sal, ¿puedes quedarte por una semana con los niños?  
- Compraré los boletos por Internet.  Apúrate que son las cinco y el vuelo es a las siete.

- Anda preparando tu maleta, luego haré la mía rápido, mientras subo por mi cartera y doy un telefonazo.

Era una segunda luna de miel (¿o tercera, considerando la de anoche?).  Era el comienzo de un nuevo capítulo en su vida, pero antes tenía que cerrar el anterior.
- Aló,…
- Aló, ¿Nadie?
- ¡Maldito, me asustaste, creí que te había matado de verdad!
- Te lo dije, soy buen actor, buen director de escena y además un mago.
- Todo bien, no puedo hablar mucho porque él me está esperando. Eres un verdadero amigo y maestro.  Te quiero.  Gracias, adiós, y hasta nunca.
- También te quiero, amiga, pero jamás digas nunca... Adiós.
¡Click!

Miró el reloj: las 6 de la tarde.



31 dic 2010

La otra cara

Un golpe en la nuca y cayó inconsciente. Rápidamente los malhechores lo metieron a la cajuela de un BMW y emprendieron la fuga. Dos horas después abrió los ojos sintiendo un fuerte dolor de cabeza. Estaba atado a una silla con una luz potente frente a él, mientras unos tipos reían en las sombras. Me van a interrogar, pensó, por eso me encandilan con la luz y no se dejan ver, pero ¿qué diablos…? Su reflexión fue interrumpida por la llegada de otro personaje.
- Mire jefe, aquí lo traemos. ¿Qué le parece?
- ¡No lo puedo creer, los felicito! Buen trabajo, muchachos.
- ¿Ahora qué, jefe?
- Bien, como de costumbre. Le quitan todo el billete, lo liquidan y lo tiran por un barranco de la Costa Verde. Pero esta vez, que no caiga al mar. Luego dan el soplo a la policía para que encuentren el cuerpo.
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- Sargento, infórmame como ocurrió el hecho.
- Recibimos una llamada anónima, mi comandante. Encontramos el cuerpo en un barranco de San Isidro. Parece que lo arrojaron pero se atascó en una roca saliente y no llegó a caer al mar. El interfecto tenía todo el cuerpo lacerado por la caída, múltiples heridas en la cara y, además, tres heridas de bala. Lo llevamos moribundo al Hospital de Policía, donde está internado.
- ¿Lo identificaron?
- Sí, mi comandante. Le robaron su dinero, pero dejaron la billetera con su DNI.
- - ¿Quién es la víctima?
- Es el Doctor Eduardo Rocha, avisamos a su señora, quien en estos momentos lo acompaña en el hospital.
- ¡Vaya suerte del tipo! Lo han podido secuestrar y pedir rescate, ¡con el dinero que tiene…!
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Fui notificada por la policía. Llamé a mi mamá para que se quede a cuidar a Paloma, mi hijita de siete años, que estaba con un fuerte resfrío y algo de fiebre. Me dirigí al hospital. Estaban operando a Eduardo y me senté a esperar. Empecé a reflexionar sobre mi vida. ¡Qué momento más inoportuno! Justo cuando iba a pedirle el divorcio.
¿Cómo pude ser tan tonta? Eduardo me había seducido con palabras bonitas, supo enamorarme; no, engatusarme y caí mansamente. Me embarazó y, por supuesto, tuvimos que casarnos.
Lo típico: yo, una rica heredera y él, un pelagatos. El braguetazo y ¡ya está! Solucionado su problema de por vida. No pasó mucho tiempo para que se quitara la careta. Cuando nació Paloma, aproveché para volcar en ella todo mi cariño viviendo mi vida en función de ella. Con Eduardo quedó un acuerdo tácito: tú no te metes en mi vida y yo no me meto en la tuya.
Paloma adora a su padre, aunque él no le presta mucha atención, pero en fin, la soporta y le hace cariños de vez en cuando. Lo que más me hiere es el escándalo. Mis amigas saben que Eduardo tiene sus amantes y lo disimulan cuando están conmigo, pero este último año se puso muy descarado.
Cuando le pedí que no se mostrara en público con sus queridas, perdió el control y me golpeó salvajemente. Quise denunciarlo al a policía y dejarlo pero me rogó, me lloró para que no lo hiciera, por el escándalo, por la niña, y yo, estúpidamente, cedí.
El tiene sus ingresos propios como abogado, pero además tenemos una cuenta común con cien mil dólares provista por mí, para gastos familiares, como las vacaciones y las fiestas, y para emergencias. El no abusaba de esta cuenta, y, si bien retira mensualmente tres o cuatro mil dólares, mi fortuna no se resiente por esto.
Hace dos días me enteré. Le ha comprado un auto de lujo a su querida de turno. Entré en sospechas y pedí mi saldo de la cuenta mancomunada. ¡Diez dólares! Justo para que no la cierre. El infeliz está agasajando a su querida con mi dinero.
Llegó de madrugada a la casa, le pedí que me dé explicaciones. Lo que me dio fue una paliza terrible, pero sabe pegar el desgraciado. Pasé todo el día sin moverme, en la cama. Tengo todo el cuerpo moreteado, pero no la cara. Me levanté cuando llegó mamá a visitarme. Medias oscuras, blusa de cuello alto y mangas largas. ¿Por qué tan abrigada con este calor? – me preguntó mamá, - es que estoy con escalofríos, me quiere dar la gripe.
Tocaron el timbre, pensé que era Eduardo, porque había puesto cerrojo a la puerta. Le iba a comunicar que al día siguiente iba a pedir el divorcio y sentar la denuncia de la golpiza a la policía. Contesté el intercomunicador.
- ¿Eres tú, Eduardo?
- No señora, somos la policía y le traemos malas noticias. Su esposo tuvo un accidente y está internado en el hospital. Le sugerimos que vaya a verlo, si gusta venga con nosotros, porque su estado es de gravedad.
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- ¿Cómo está, doctor?
- Señora, su marido tiene una suerte increíble. Lo operamos, extrajimos tres balas que no afectaron con gravedad los órganos internos. Las demás heridas son laceraciones que ya están siendo tratadas. Una herida en la tráquea puede afectar su voz pero no es de peligro. Unos meses de descanso y quedará como nuevo.
Cuando se recuperó de la anestesia, nos miraba a todos, - médicos, enfermeras, yo, con extrañeza y temor. No podía hablar, era alimentado por sonda. Esperamos la recuperación, sobre todo yo, para pedirle el divorcio. Así pasaron dos semanas. Yo, para cubrir las apariencias, lo visitaba diariamente por un cuarto de hora.
- Señora, soy el doctor Martínez.
- ¿Cómo está doctor? ¿Qué novedades?
- Hoy le quitamos las vendas, pero le tengo malas noticias. Parece que su esposo ha perdido la memoria. No podemos saber la gravedad de su afección, es muy probable que, poco a poco, vaya recuperando la memoria, depende mucho de usted, de su dedicación y cariño con que lo trate.
¡Lo que faltaba! Tener que convertirme en su ángel guardián.
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El gran cambio era que Eduardo estaba todo el tiempo en casa, en silla de ruedas, recuperándose. Tenía que hablar con él.
- Eduardo, quiero que esto quede bien claro. Te soporto en esta casa porque aún estamos casados. Una vez que te recuperes nos divorciamos. Ni pienses que vas a tocarme, en ninguna forma, y te advierto: no se te ocurra hacer sufrir a Paloma porque te mato, ¿entiendes?
- No sé quién eres. Tampoco sé quién soy. ¿Por qué me han traído aquí? ¿Por qué me hablas con dureza? Parece que me odias.
- Lo que pasa es que has perdido la memoria. Poco a poco vas a recordar a tus queridas y las palizas que me dabas; entonces te marcharás de mi vida para siempre.
Era verano y fueron a pasar la temporada a casa de sus padres, en las playas de San Bartolo. Diariamente venía una terapista y poco a poco pudo andar y moverse con más soltura. Paloma estaba feliz. Eduardo se mostraba muy tierno con ella y respetuoso con Noemí, su suegra, quien lo animaba y mimaba. Su suegro jugaba interminables partidas de ajedrez con él, tomaban su coñac, conversaban de las noticias, eran amigos. Carmen estaba asombrada por el cambio, ese no era el Eduardo que ella conocía. Sin darse cuenta, le fue tomando afecto.
Así fue pasando el tiempo. Jugaban en la playa, Eduardo les enseño a pescar a Carmen y Paloma; en las tardes, jugaban Misterio o Monopolio en la terraza, paseaban por el malecón y a las seis se sentaban en la terraza a ver las puestas de sol, escuchando música clásica.
Un ataque al corazón mientras dormía. El padre de Carmen pasó así del sueño a la eternidad, sencillamente, sin sentirlo. En el velorio, Carmen recibía las condolencias serenamente. A su derecha estaba Eduardo. Carmen soportaba estoicamente su pena, hasta que Eduardo la abrazó tiernamente. Solo entonces, rompió en sollozos apretándose contra él. Él, tomó su cara entre las manos y secó sus lágrimas con sus besos. La cogió de la mano y la llevó a sentarse al lado de su madre y de Paloma.
Dormían en cuartos separados, pero esa la noche Eduardo la escucho llorar. Entró a su cuarto y se echo a su lado. Carmen se acunó en sus brazos y poco a poco dejó de llorar y se durmió. Eduardo se levantó con delicadeza. Al despertar estaba sola.
La siguiente noche, Eduardo estaba cogiendo el sueño y sintió que Carmen levantaba las sábanas y se acurrucaba a su espalda. Volteó, le acarició el rostro y la besó dulcemente en los labios. No se dijeron palabra. Hicieron el amor como un ritual, sin apuros, paso a paso, caminando del cero al infinito, unidos en un solo cuerpo, como si no quisieran separarse nunca, hasta que la pequeña muerte se convirtió en un pacífico y feliz sueño. Al despertar Carmen pensaba, recién conozco el amor. ¡Qué poco significa el sexo, cuánto significa la ternura!, siento que recién he perdido la virginidad, y mi nuevo Eduardo, ¡Oh, cómo lo amo! Y siento que él también me ama.
Vivieron su nueva luna de miel. Paloma lo adoraba. Tenían que regresar a Lima, empezaban los estudios de Paloma y Eduardo quería buscar un trabajo: de la abogacía no recordaba nada. Pasó un año, un año feliz. Eduardo mostró una capacidad excepcional para los negocios y dirigía brillantemente las empresas de la familia, Carmen descubrió sus dotes de pintora y estaba preparando una pequeña exposición de sus cuadros, cuando algo sucedió.
- Querido, ya llegué.
Salió Eduardo y Carmen le dio un ligero beso en los labios. Eduardo no correspondió. Carmen lo miró y lo notó extraño, esa mirada dura, esa sonrisa cínica no era de su Eduardo - ¡oh, había recobrado la memoria y era el maldito de antes!
La cogió por los cabellos y la arrastró por la sala. Carmen estaba aterrorizada,. Se sujetaba a los muebles, a los filos de las paredes. Al pasar por el Control de Seguridad, presionó el botón de Pánico, la empresa le había asegurado que, al presionarlo, los alertaría y llegaría la policía en menos de cinco minutos. Lo tuvo presionado por varios segundos, hasta que un tirón más fuerte de los cabellos la hizo desprenderse del control. La llevó al dormitorio y la arrojó al suelo. Un hombre yacía amordazado y atado a su lado
- ¡Eduardo, cariño! .
- ¡Ja, ja, ja!, no Carmen, ¡Eduardo soy yo!
- Pero si son idénticos.
- Claro, por eso lo escogí.
- No entiendo nada.
- Tú ni lo imaginabas pero yo estaba haciendo una fortuna, no como abogado sino dirigiendo una banda de secuestradores. La policía nos seguía los pasos, se acercaba, y no podía arriesgarme. Uno de mis compinches me dijo un día que había visto un hombre idéntico a mí desembarcando en el aeropuerto. Lo siguió y sabía dónde estaba alojado. Se me ocurrió un plan: simular mi muerte, recoger todo mi dinero y del tuyo y desaparecer. Me iría al extranjero con la identidad del tipo que se me parecía. Lo hice raptar y matar, cambié documentos de identidad con el muerto, “Oscar, ingeniero, viudo”. Nadie lo iba a extrañar. Pero eres una cualquiera, ahora que regreso te encuentro viviendo con mi sosías.
Comenzó a golpearla, invadido por una furia asesina. Oscar, atado en el piso, se retorcía desesperado, impotente. Eduardo la tiró al suelo, y empezó a cachetearla. Ella cerró los labios con fuerza, no profería ni un gemido. Esto enfureció más a Eduardo, quien saco su pistola, introduciendo a la fuerza el cañón en la boca de Carmen. Sonó un disparo y la escena se congeló. Eduardo cayó lentamente, con una mancha de sangre en la sien.

Por los vidrios rotos de la ventana que daba al jardín, apareció un policía, apuntando aún, con su pistola humeante.

- Señora no se asuste, ya todo pasó. -
En efecto, entraron policías pistola en mano, desataron a Oscar. Miraron desconcertados al muerto: era idéntico. Carmen aún no salía de su asombro, pero reaccionó para decir:
- No se preocupen, yo les voy a explicar lo que pasó. Y, abrazando a su amado: - ¡Qué miedo he tenido, Eduardo!, no, Oscar, no, Eduardo. ¡Oh querido!, ¿cómo te voy a llamar?
- Oscar, querida, Oscar
- ¿Desde cuando recobraste la memoria?
- Hace cerca de un año, pero...
- ¡¿O sea que he estado haciendo el amor con un extraño?! ¿Por qué no me lo dijiste antes?
- Tuve miedo, miedo de que al saber la verdad me votes del paraíso.
- ¡No te lo perdoneré nunca! A no ser que...
- Dime qué debo hacer...
- A no ser que te cases conmigo.
- Claro que sí, pero tu sabes que no es necesario, yo te amo.
-...Es que tengo miedo de perderte..