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31 ene 2012

24 horas





24 horas


Miró el reloj: las 6 de la tarde.

¡Click!
- Aló, si…?
-  Aló, señora, usted no me conoce.  Me apena pero tengo que contarle que su marido la engaña.  Hoy, dentro de una hora, a las siete de la noche, se va a encontrar con su amante en el bar de la esquina de su oficina.  Le cuento esto por su bien.  Adiós.
Algo se quebró en ella. Se miró en el espejo. ¿Hace cuanto tiempo que no iba a la peluquería, o se hacía la manicure, o se maquillaba? ¿Cómo así había desatendido a su marido? Estaba tan dedicada a sus dos pequeños que había descuidado la relación con su esposo. Pero no lo podía creer, tendría que verlo con sus propios ojos. 
Le dijo a la empleada que no se preocupen por ella porque iba a llegar tarde.  Dio un beso a sus hijos y los dejó jugando, salió de casa y tomó un taxi.
- Señor, estacione su taxi cerca de ese bar. Vamos a esperar.
- Pero señora…
- Tome cien soles por dos horas ¿está bien?

- Claro, “con la plata baila el mono”, no hay problema.
Esperaron diez minutos antes de que llegue el carro de su marido.  Ella se escondió para ver sin que la vieran.  Estacionó en la puerta del bar, dio la vuelta al carro para abrir la puerta a una rubia muy sexy, claro… ¡su secretaria! - ¡Desgraciado, a mí nunca me abres la puerta…! - pensó. Siguieron esperando. A la media hora se abrieron las puertas y salieron tomados de la man y subieron al auto.
- Sígalos, no los pierda de vista.
- Usted ordena patrona.
Un motel en una calle solitaria.  El carro de los amantes ingresó por el portón y ella se quedó en la soledad más completa.  Desde que le pasaron el chisme su rostro había quedado impasible.
- Regrese al mismo bar, por favor.
- Como no.  Señora, déjeme decirle que lo lamento, yo…
- Gracias, comprendo, no se preocupe.
Se sentó en la barra y pidió un coñac.  Un elegante caballero a su lado, la miró intrigado. ¿Qué podría estar haciendo en la barra de un bar esa ama de casa (era la impresión que daba y no se equivocaba) frente a un trago de hombres?
Apuró el coñac, sintió el impacto y se estremeció.  De repente la decepción, el dolor, la vergüenza rompieron el dique de su educada elegancia y estalló en sollozos incontrolables.  El caballero sorprendido le dio su pañuelo para que se enjugase las lágrimas y la cogió por los hombros.  Ella pegó su rostro a su pecho pero siguió sollozando silenciosamente.  Él hizo una señal al mozo y entre ambos la llevaron a una mesa aislada.  Él pidió dos cafés expresos dobles y esperó que se calme.
- Señor, estoy desolada, avergonzada.  ¿Cómo pude…?
- Ni vergüenzas ni nada. Solo serénese.
- Es que…
- Mire, tome su café que se enfría.  Después hablamos.
Pasó un rato largo hasta que ella tímidamente levantó la vista. La estaba mirando con una leve sonrisa.  Le devolvió la sonrisa.  Ahora estaba calmada, pero enfurecida.  Primera vez en su vida que sentía esa ira, ganas de golpear, de herir y ser herida.
- No sé como…
- Lo sé.
- En realidad, me ha sucedido algo que…
- Lo sé.
- Tengo que decirle…
- Nada.  No tiene que decirme nada, pero si quiere contarme su drama soy su escucha.
- Pero usted no me conoce.
- La conozco.  La vi llorar.  ¿Usted, porque está hablando conmigo?
- No sé.  Me inspira confianza.
- Pues bien, usted hace que me sienta bueno.  Me hace sentir como un caballero andante que tiene que salvar a su dama de las garras de un dragón.
- Ningún dragón.  Es mi marido, al que amo tanto.  ¡Nooo…! Al que odio.
- No amiga, usted no es de las que saben odiar.
- Pues nunca es tarde para aprender.  Le voy a contar lo que me ha pasado.
Quizá por el coñac, quizá por el desencanto o por la confianza que le inspiraba le contó lo sucedido en ese negro día.  La escuchaba con atención.  La catarsis fue saludable.
- ¿Sigues odiándolo?
- A ti te lo puedo decir (sin darse cuenta ya se tuteaban).  Jamás odié a nadie, siempre fui una mujer ejemplar, me casé con mi primer y único amor, ahora creo que también el último,  pero me traicionó y nunca podré perdonarlo.  Mañana mismo me voy con mis hijos donde mis padres.
- Te voy a decir una cosa, tú también tienes la culpa.  Te casaste con él para estar siempre juntos, en las buenas y en las malas.  ¿Te vas a rendir a la primera “mala”?
- Es que me ha traicionado, me es infiel.  Imposible perdonarlo.
- Comprendo.  Como eres “doña perfecta” nadie puede fallarte porque no sería digno de ti.  Dime, ¿con cuántos otros hombres has estado, además de tu marido?-
- ¡Con ninguno, por supuesto!, hasta la pregunta ofende. - Pídeme otro coñac..
- ¡Mozo, dos coñac!... - ¿Pero, has tenido tentaciones?
- ¡Claro!  Pero he sabido comportarme, he sido fuerte.
- Amiga.  Primera lección.  Tú no eres fuerte.  Te has derrumbado por una pequeñez.  ¡Shhh...!  No protestes, escucha.  No confundas la virtud con la cobardía.  Por lo que me has contado tú tienes una enfermedad que llamaría “biofobia”.  Tienes miedo de vivir.  Miedo a la aventura, al peligro, al dolor, al placer, a equivocarte, a descubrirte a ti misma y desenterrar tu “mujer biológica”.
Se sintió herida.  Reconocía la verdad en lo que le dijo y sentía una rabia e impotencia que la hizo apretar los dientes.  No, lo seguía odiando, nunca perdonaría su infidelidad. ¿Con cuantas mujeres habría estado mientras ella permanecía en casa, como una estúpida mirando sus telenovelas?  Cerró los ojos con fuerza mientras se decía: “me voy a vengar, en la primera oportunidad voy a devolverle ese golpe bajo, si… lo haré”.
Pasaron unos minutos de reflexión calentando el coñac entre las manos y saboreándolo sorbo a sorbo.  Abrió los ojos y el caballero de ojos verdes la estaba mirando. ¡Qué guapo es! pensó, y  luego en voz baja:
- Ya sé lo que voy a hacer.
- ¿Qué dices…?
- Que quiero que me hagas el amor.
- ¡Queeeé…!
- ¡QUIERO QUE ME HAGAS EL AMOR! – gritó.
Todos los presentes voltearon a mirar.  Los dos se miraron asustados, sorprendidos, luego avergonzados, mientras la gente aplaudía.  Él, sonrojado, dejó un par de billetes en la mesa, la tomó de la mano y la sacó apurado del bar, entre sonrisas cómplices, felicitaciones y silbidos.
No se volvieron a dirigir la palabra para nada, todo estaba sobreentendido.  La llevó a su departamento, a oscuras, la desvistió lentamente, luego la besó suave, dulcemente, y empezó a acariciarla.  Ella se dejaba hacer mientras su cuerpo se estremecía por este placer prohibido. Temerosa primero, tierna luego y de pronto se desató la pasión.  Seguían acariciándose, su cuerpo ruborizado se endurecía, se estremecía y se tornaba cálido, extrañas pero gratas sensaciones la invadían, y todo eso era nuevo para ella.  Terminó palpitante, rígida, con las uñas clavadas en la espalda de su pareja, ambos agitados, hasta llegar al clímax: sí, era la pequeña muerte.  Luego, el reposo del guerrero, descansar sobre su velludo pecho en una paz absoluta.  Cinco minutos de silencio.
- Hola, ¿qué tal?
- Hola, gusto de conocerte.
- ¿Cómo te llamas?
- No me llamo, me llaman “el mago”.
- ¿Porqué mago?
- Porque hago milagros, no milagros, magia: creo personajes, fabrico paisajes, convierto lo malo en bueno y lo feo en bonito, hago emocionar, llorar o reír a la gente.
- ¿Por qué me quieres engañar?  Dime la verdad.
- Es la verdad, soy escritor, director de teatro… y también actor.
- Te faltó algo, también eres el amante perfecto.  Eres un mago de verdad.  Con un pase has convertido mi pena en gozo, mi tortura en paz.
- No me has dicho tu nombre, ¿cómo te llamas?
- No tengo nombre. Yo soy nadie.
- Bonito nombre, “Nadie”, como Ulises.  Dime Nadie, ¿sigues odiando a tu marido?
- Eres un maldito.  ¿Cómo lo sabes?  Ya no lo odio, lo amo lo extraño. ¿Qué me ha pasado? ¿Porqué, Dios mío, porqué?!!!
- Bienvenida al club de los pecadores.  Recién ahora puedes ser tan humilde como para conocerte a ti misma.  Para poder perdonar primero hay que conocer el pecado.
- ¡Pecadora! ¡Bravo, por fin he pecado…!  Pero dime, ¿por qué no estoy arrepentida?
- Bienvenida al club del amor.  Porque hemos tenido sexo con humanidad, ternura y cariño.
-  ¡Pero si yo amo a mi marido!
- Y a mí.
- ¡Mentira, eso no puede ser! No se puede amar a dos hombres a la vez.
- Tonta.  Si amas a un solo hombre eso es posesión, egoísmo.  El que siente el verdadero amor ama a todos.  La moral, o sea las costumbres, te pide que tengas sexo solo con tu cónyuge, pero amas a tus padres, a tus hermanos, a tu esposo, a tus hijos, a tus amigos…
- Pero contigo, ¿Qué es lo que siento?
- Que me amas como amigo.  Nuestro sexo es pasajero. Hoy vas a regresar con tu esposo, lo vas a perdonar…
- ¡Ya lo perdoné!
- … y vas a cambiar tu vida.
- Si, te lo juro.  Pero, por favor, quiero más…
- Yo también, pero cierra los ojos…
Se dejó hacer.  Sin apuros, lentamente como si no quisieran que acabara el bíblico “tiempo para amar”.  Se conocieron.  Para ella, era nueva esa entrega total,  esa comunión en el placer.  Él era un tierno artista que interpretaba obras maestras tocando su cuerpo como un cálido instrumento.  Sin apuros recorrió sus valles y montañas aprendiendo ambos la geografía del placer, entre gemidos y sonrisas.  Se amaron una y otra vez hasta caer rendidos entre risas cómplices y besos tiernos y sin separarse - ¡ni se te ocurra! - y a la sombra del humo de un  cigarrillo, libres de vergüenzas y pudores, se contaron sus historias.
Por primera vez vio todo claro. Sí, ella, educada por las monjas, era la pacata, era culpable. Pero ahora había cambiado completamente, se sentía; una mujer nueva, diferente, opuesta, libre, en paz, feliz.
       Se acomodó en sus brazos meditando.  Sí, lo quería ¿Cómo era posible que en un par de horas supiera tanto de este hombre y él de ella? La Biblia tiene razón, cuando dice “David conoció a Betsabé” en vez de decir “hizo el amor con”.
- ¿Pero como hago para recuperar su cariño?
- Tú eres hermosa y no lo aprovechas, vístete sexy, maquíllate, excítalo, provócalo, sé sensual, atrevida, coqueta, juega con él.   Vivan aventuras juntos.  Que sus vidas se renueven día a día.  Huye de la rutina.
- ¿Podré hacer todo lo que pides?  Me siento tan inútil.
- Ahora soy tu amante pero siempre seré tu amigo, y como amigo, me tienes a tu disposición.  Vamos a pensar en algo, pero antes, déjame despedirme de tu cuerpo.
- También yo lo estaba deseando.  Son seis veces y yo nunca antes... ¿No seré ninfómana?
- No, querida, solo eres una bella durmiente que ha despertado con un beso sincero y has despertado con unas ganas terribles, creo.  Y yo me siento el sapo convertido en príncipe con tu primer beso.
La bella durmiente y el sapo se rieron como ríen los niños inocentes de cualquier tontería.  Ella le hacía cosquillas y él le correspondía, hasta que las risas se fueron convirtiendo en gemidos, susurros, y tiernas caricias.  Lentamente, solemnemente, dulcemente, volvieron a “conocerse”  y descorrieron el séptimo velo.
Llegó a casa en la madrugada.  Él dormía profundamente. Despacito, se acostó a su lado, le dio un tierno beso en la mejilla y se durmió como un bebé.
Despertó sobresaltada, era las ocho de la mañana del sábado y los Bancos abren a las nueve.  Su esposo estaba en el baño.
- Hola, amor, anoche llegué un poco tarde.
- Sí querida, en la madrugada. La chica me avisó que ibas a ir a una fiesta de tus amigas. ¿Te divertiste?
- No te imaginas cuanto.  Tengo que ir al banco a sacar dos mil dólares para cancelar mis cuentas de las tarjetas.  ¿Me acompañas?
- Pensaba jugar tenis en el club…
- No seas malo, mira que no me gusta caminar con tanto dinero en la cartera, me pueden asaltar.
- Bueno, tomamos desayuno y salimos.
Estacionó su Volvo en el segundo sótano del centro comercial, fueron al banco y ella sacó dos mil dólares.  Regresaron al vehículo y él metió las manos al bolsillo para sacar las llaves.  De repente, él sintió que bruscamente le torcieron el brazo tras la espalda y le pusieron una pistola en la sien.
- ¡Silencio mierda!, ¡no se muevan o los quemo, no volteen, de cara contra la pared!
- Querida, hazle caso,  no grites, tranquilízate, no va pasar nada.
No pudo seguir hablando, un pañuelo con cloroformo en su cara y perdió el conocimiento.  
No sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando despertó. Negrura absoluta, estaba atado de pies y manos, se movió y sintió otro cuerpo cálido pegado al suyo ¡Estaban en la maletera de un auto!  En la oscuridad reconoció el perfume de su mujer.
- Querida, ¿Cómo estás, que te han hecho?
- Estoy asustada.  Nos han secuestrado.  Me quitaron los dos mil dólares y mi tarjeta Master Card.  El tipo me amenazó con matarte y he tenido que darle la clave de la tarjeta de crédito, pero amor, con el susto me confundí y le di la clave de la tarjeta Visa.  Tengo mucho miedo amor, cuando regrese nos va a matar.
- Tienes que ser valiente cariño. ¿Sabes dónde estamos?
- Creo que hemos viajado más de una hora y se siente el sonido del mar. Debe ser alguna playa del sur.  Hace diez minutos que se fue, tenemos como una hora antes que regrese.
Intentaron desatarse pero fue en vano.  Estaban atados frente a frente, cabeza con cabeza.  Él presentía lo peor y quiso contarle todo.  Es más fácil confesarse en la oscuridad. La beso dulcemente y le dijo:
- Cariño, quizá sea esta la última oportunidad de hablar solos.  Voy a decirte algunas cosas que tú no conoces.  ¿Recuerdas la Universidad?  Yo estaba en quinto año de Ingeniería Civil y tú estabas en segundo año de Arquitectura.
- Sí, pero ya nos conocíamos como amigos de barrio, tú no me dabas bola.
- No te molestes pero en esa época no eras una muchacha agraciada. Tenías una nariz ganchuda, que afeaba tu cara.  Yo estaba enamorado de una rubia compañera tuya que cuando me declaré se rió de mí y me mandó a rodar.  Conversando de mujeres con mi collera alguien se acordó de ti, decían que no ibas a encontrar a nadie que te soporte.  Yo te estimaba y eso me dolió y protesté.  Me desafiaron y me apostaron un chifa que yo no me declaraba a ti.  De pura cólera acepté.  ¿Recuerdas como te pedí que fueras mi enamorada?  Tenía la esperanza de que no aceptes, pero dijiste que sí.
- Yo estaba enamorada de ti en el barrio desde los nueve años.  Ese fue el momento más emocionante de mi vida.  Lo que menos esperaba y lo que más deseaba, sucedió.
- Tuve que besarte maniobrando para no chocar con tu nariz ganchuda. Me agradaba tu compañía, me acostumbré a ti, pero no pensaba casarme contigo.  Eras mi cómoda amiga-novia.  Tú no pedías nada y me soportabas todo.  ¿Qué más podía pedir?
- Entonces, ¿por qué terminaste conmigo aquella vez?  Eso me destrozó.
- Me enamoré de otra chica, era una belleza.  No era del barrio.  Estuve con ella unos meses y la encontré muy vacía, tonta.  Ella me encontró muy exigente, muy vivo y peleamos. Hasta ahora no sé quién dejó a quién.  Después tuve vergüenza de regresar contigo.
- Pero volviste. ¿Por qué te casaste conmigo?
- Esto es lo más duro: un día me llamó tu padre, me dijo que tú estabas destrozada por mi ausencia. Me rogó que regrese contigo, que tú me amabas, que me daría trabajo en su empresa, me pidió que me casara contigo.
- Lo sé.  Estaba escuchando tras la puerta.  ¿Y por qué aceptaste si no me querías?
- No sé.  Te quería pero como a una hermanita menor.  Además estaba decepcionado: dos enamoradas me habían rechazado, ya había presentado mi tesis y obtenido el título de ingeniero y estaba sin trabajo.  Además tú me querías.
- ¿Y por qué has dejado de quererme?  ¿Qué hay con tu secretaria?
- ¿Quéeee?!!! ¿Cómo? ¿Cómo sabes…? Yo…, bueno, te voy a contar todo.
Antes de casarnos te operaste de la nariz y te convertiste de patito feo en bello cisne.  Me impresionaste, pero nuestra luna de miel fue casi un fracaso ¿recuerdas?
- Para mí fue muy doloroso para mí la primera vez.  Además no estaba preparada para eso, ni las monjas ni mamá me contaron lo que iba a suceder.
- Cuando llegaron los niños todo cambió, me robaron el corazón.  Tú fuiste una madre perfecta y aprendí a admirarte.  Día a día te quería más y estaba más orgulloso de ti.  Tú en cambio te distanciabas, volcabas todo tu amor en los chicos y no quedaba nada para mí.   Muchas veces quería estar contigo y me rehuías.
- Y por eso te fuiste con tu secretaria.  ¿Desde cuándo estás con ella?
- Querida, no te puedo negar que he estado inquieto y pensado en otras mujeres.  No sé si es la “picazón del séptimo año”, tu indiferencia a mi deseo o ambas cosas, pero te juro que nunca te he sacado la vuelta. Mi secretaria viene insinuándose hace tiempo y ayer me sedujo.  Yo caí como un estúpido y te pido perdón por eso.  La llevé a un motel pero a la hora de la verdad no pude hacerlo, mi cuerpo no respondía, yo sólo pensaba en ti.  Mi secre quedó despechada, creo que con eso ya está curada.  Imagínate, cree que soy maricón.
-¿No me mientes?
- ¡Te lo juro por nuestros hijos, y tú sabes cuánto los quiero!
- Te creo, amor, pero bésame que siento ruidos.  Está estacionando su carro, ya ha regresado.  Tengo miedo…
- Se valiente querida, tenemos que estar preparados para lo peor, pero si salimos de esta te juro que viajamos de inmediato a algún lado solos tú y yo.
El secuestrador entró al garaje dando un portazo y gritando groserías.   Los sacó de la maletera del Volvo y, tirándolos al suelo, los  pateó.
- ¡Perra desgraciada! ¡Me has engañado. Puta, puta, puta, te voy a enseñar a mentir!
- ¡No, no, no,  perdóneme señor, me equivoqué de número, perdón, perdón!!
- ¡Qué perdón ni qué carajo!  ¡Ahora vas a ver!
Sacó su pistola, liberó sus manos y pies de las cuerdas, la levantó del suelo, y encañonándola con el arma, la abrazó y comenzó a besarla en el cuello, en la cara.  Ella rehuía, se retorcía, trataba de quitar su boca, gritaba.
- ¡No, por favor, no, no, nooo…!
- ¡Conchetumadre! ¡Hijoeputa! ¡Deja a mi mujer! Yo te daré todo la plata que tengo, pero suéltela maldito!
Él, riéndose le abrió la blusa de un titón,  le bajó el sostén y empezó a besarle los senos y acariciar su trasero.  Le puso la pistola en el pecho mientras ceñía su cintura con el brazo libre, apretándola contra sí.  Ella gritaba, su marido blasfemaba y sollozaba retorciéndose en el suelo.  Ella quiso liberarse y en medio del forcejeo sonó un disparo.  
Se hizo la quietud y el silencio, ella con la boca abierta, una mueca de asombro y terror en la cara, sacó de entre ambos la mano ensangrentada.  El marido dio un grito espeluznante de dolor.  
El secuestrador lentamente, dobló las rodillas y cayó al suelo, con la camisa manchada de sangre y una mueca de horror e incredulidad en el rostro y así quedó.  Ella consternada gritaba: ¡Lo maté, lo maté, lo maté…!
Se acercó y puso sus dedos en el cuello buscándole el pulso, cogió un trapo del suelo y le tapó el rostro.
- ¡Está muerto!
- Calma querida, desátame que yo me encargo. No toques nada, voy a limpiar tus huellas.
Ella buscó en sus bolsillos recuperando la tarjeta de crédito y los dos mil dólares.  No tenía nada más.  Se arregló la ropa, recogió su cartera.  
Revisaron el lugar, era un rancho de playa vacío.  Su Volvo fiel los esperaba con las llaves puestas. Afuera estaba el auto del secuestrador, no había un alma en los alrededores: una trocha de cien metros y la Panamericana.
Llegaron a casa a las cuatro de la tarde. La abuela los esperaba con la comida servida caliente. Abrazaron a los niños y los dejaron jugando al cuidado de su nana.    
- ¡Gracias, mamá! – dijo ella – enseguida nos vamos a dar un duchazo y luego nos vamos a Punta Sal, ¿puedes quedarte por una semana con los niños?  
- Compraré los boletos por Internet.  Apúrate que son las cinco y el vuelo es a las siete.

- Anda preparando tu maleta, luego haré la mía rápido, mientras subo por mi cartera y doy un telefonazo.

Era una segunda luna de miel (¿o tercera, considerando la de anoche?).  Era el comienzo de un nuevo capítulo en su vida, pero antes tenía que cerrar el anterior.
- Aló,…
- Aló, ¿Nadie?
- ¡Maldito, me asustaste, creí que te había matado de verdad!
- Te lo dije, soy buen actor, buen director de escena y además un mago.
- Todo bien, no puedo hablar mucho porque él me está esperando. Eres un verdadero amigo y maestro.  Te quiero.  Gracias, adiós, y hasta nunca.
- También te quiero, amiga, pero jamás digas nunca... Adiós.
¡Click!

Miró el reloj: las 6 de la tarde.



18 dic 2011

La historia de Agar



La historia de Agar
 - Cálmate Roxana, serénate por favor, - decía Carmen a su amiga que lloraba desconsolada sobre su hombro - ¿qué te sucede, por qué ese llanto?  Vamos, yo soy tu amiga de toda la vida, ¿no me vas a contar lo que está pasando?
Habían sido amigas desde la infancia, vivieron en el mismo barrio, habían estudiado su primaria y secundaria juntas. Carmen estudió para Arquitecta y luego se casó con un antiguo compañero de colegio, del cual estaba divorciada.   Roxana se hizo Maestra y se casó con Pedro, próspero empresario.  
- Mi matrimonio es un fracaso - dijo Roxana - tú sabes cómo quiere Pedro a los niños y tenemos seis años de casados y no le puedo dar un hijo.
- Pero hija, eso puede solucionarse, consulta con médicos.  Hay clínicas especializadas en infertilidad…
- Claro que hemos hecho eso y mucho más.  Hemos probado curanderos, medicina natural y tantas cosas.
- ¿No será tu marido el que está fallando?
-  No, él se hizo exámenes de esperma y está bien.  Últimamente fuimos donde el doctor Quiroz, que es mejor especialista en la materia y después de muchos exámenes encontró que yo tenía ovario infantil y malformaciones físicas internas y nunca podría concebir.
- Está bien, tranquilízate.  Invítame un té y vamos a conversar.
Se sentaron a la mesa y tomaron un “té franciscano” acompañado por galletas, pancitos caseros, mermeladas, mantequilla, jamón y todos los enemigos de la silueta femenina que se puede imaginar. Roxana estaba triste pero calmada y Carmen trataba de animarla.
- Y Pedro, ¿qué opina, qué piensa hacer?
- Está desilusionado.  No me dice nada sobre eso pero yo sé que está muy afectado.
- ¿No han pensado en adoptar una criatura?
- Le dije a Pedro pero contestó que el soñaba con un hijo de su sangre para hacerlo como él.  Que el adoptar era como jugar a la lotería, qué podíamos esperar de un niño si no sabíamos si era hijo de una prostituta o de un delincuente, con cuántos defectos heredados podría cargar.
- No, yo no creo en eso.  La educación familiar hace al individuo.  Los malos hábitos no se heredan.
- Yo también pienso en eso, pero Pedro no.
Conversaron largo rato sobre el asunto, luego quedaron ambas pensativas, reflexionando sobre el caso.
- Tengo miedo que Pedro se busque otra mujer.  Lo noto medio extraño, además está llegando tarde a la casa con el pretexto del trabajo.
- Te voy a contar un secreto.  Una tarde recibí una llamada anónima contándome que mi esposo tenía una amante y donde se iban a reunir.  Fui a espiarlo al lugar que me indicaron y lo vi muy cariñoso con su secretaria tomándose un trago en un bar, luego los seguí hasta un motel donde entraron.
- ¡No te lo puedo creer!  ¿Y tú qué hiciste?
- No sabía qué hacer así que decidí tomarme un trago fuerte para cobrar valor.  Regresé al bar donde los vi, me senté a la barra y pedí un coñac. Sin pensarlo dos veces, sequé la copa de un solo trago.  Me quedé sin aire, me estaba quemando por dentro, se me salían las lágrimas.  Recuperé el aliento pero quedé llorando como una tonta. Un tipo bien plantado, me ofreció su pañuelo para mi llanto y su pecho para esconder mi vergüenza.  Luego me llevó a su mesa, pidió un café bien cargado, y esperó hasta que me tranquilizara.  ¡Qué roche, Dios mío!  La intuición me dijo que era un buen hombre y como yo estaba tan dolida,  él era tan serio, parecía tan confiable y yo necesitaba desahogarme, le conté todo. Nos hicimos amigos de inmediato.
- Yo soy tu mejor amiga y no me dijiste nada.  Cuéntame toda la historia.
- Algún día te la contaré, ahora solo necesitas saber que en ese momento me sentía la mujer más desdichada de la tierra, pero mi amigo me ayudó mucho a tomar una buena decisión.
- ¿Tú crees que podrá resolver mi problema?
- Resolvió el mío.  Es un tipo muy inteligente y muy bueno.  Por lo menos tendremos algunos consejos.  Deja todo en mis manos, voy a hablarle y después te cuento.

Reynaldo era director y actor de teatro y regresaba cansado del trabajo.  Estaba montando una obra teatral lo que implicaba hacer el “casting”, revisar la adaptación del guión, buscar y seleccionar el vestuario,  dirigir los diseños de escenarios, hacer y dirigir las pruebas, desde las 8 de la mañana. Era las 9 de la noche y no pudo más, tenía que buscarse un ayudante.  Cerró el teatro y regresaba a casa manejando su carro cuando paró ante una luz roja.  Una muchacha de unos 18 años, vestida con sencillez, se acercó a la ventana de su auto y le preguntó:
- Señor, ¿quiere sexo?
Se sintió impactado por el hecho.  La miró sorprendido pero no, el no era del sexo callejero. Pero algo no funcionaba en la escena.  Estaba desconcertado.  Sin embargo  abrió la puerta del coche e hizo subir a la chica.
- ¿Cuánto cobras?
- No sé, señor. Lo que le parezca.
Inmediatamente captó el sentido de la escena.  La pregunta era solo para probar su presunción.  No era una prostituta.  En su rostro se notaba temor.
- Primero acompáñame a comer.  Estoy hambriento.
La llevó a un restaurante elegante, estacionó su coche y le abrió la puerta para que baje. Manejó la situación como un caballero, con gran delicadeza.  Pidió una mesa y jaló la silla para que se siente.  Se sentó frente a ella y llamó al mozo que vino con las cartas.  Ella estaba atónita.  Nunca la habían tratado con tanta deferencia.
- ¿Qué quieres comer y tomar?
- No sé señor.  Usted nomás pida.
Él ya se había hecho una idea de los hechos: una muchacha, casi niña, pobre, pobrísima, hambrienta, desesperada, con problemas, había salido a conseguir dinero vendiendo su cuerpo, probablemente por primera vez, porque no veía otra salida a su situación.
- Para mí una lasaña a la boloñesa y una media botella de Fond de Cave tinto.  Para la señorita una sopa a la minuta y un churrasco montado con papas fritas.  Dos cocacolas y al final dos cafés americanos cargados.
El comió sin prestar mayor atención a la chica salvo para invitarle una copa de vino.  Ella, al principio comía tímidamente, luego con avidez dejando los platos limpios.  Al café comenzó la conversación.
- ¿Cómo te llamas?
- Teresa
- Esta es tu primera vez, ¿no?
- Sí.
- ¿Por qué lo haces?
- Necesito dinero.
- ¿Por qué no trabajas?
- He buscado trabajo pero nadie quiere contratarme.   Mi mamá botó de la casa a mi  padrastro porque intentó violarme.  Mamá se ha puesto muy enferma y no tengo con que comprar las medicinas. Mis hermanitos están hambrientos. Hoy no hemos comido.
- ¿Cuántos años tienes?
- Diecinueve
- ¿Qué sabes hacer?
- Estudié mecanografía, soy buena con los números.
- Mira Teresa, estoy con suerte.  Justo estaba necesitando una chica como tú para asistente.  Te voy a dar mi tarjeta para que mañana te presentes a las 8 de la mañana al trabajo. Allí está mi nombre, dirección y teléfono.
La llevó a una farmacia donde compró los remedios para la madre enferma, pasando por una pollería, compró dos pollos a la brasa con papas y gaseosas para la familia y la llevó a su casa.  Se aseguró de que los niños coman (tuvieron que despertarlos) y que la madre (agradecida) tome sus remedios.
Teresa salió a la puerta a despedirlo. Lloraba silenciosamente.
Reynaldo era un hombre bueno por naturaleza y daba gracias a Dios el haberle dado la oportunidad de ser generoso.

Seis meses después Teresa era una persona importante en el teatro.  Había organizado la oficina de Reynaldo, llevaba la biblioteca, administraba los contratos,  llevaba la planilla del personal, organizaba los casting, llevaba la labor secretarial y aún se daba tiempo para interpretar pequeños papeles.  Era el factótum del teatro.
- Señor Reynaldo, una llamada por teléfono.
- ¿Quién es?
- Dijo ser la señora Carmen
- Aló…
- Aló, ¿Reynaldo?
- ¡Hola Carmen, que alegría escucharte! ¡Qué sorpresa! Hace más de un año que no nos vemos.  ¿Cómo te va?
- A mí me va de maravilla, pero tengo una amiga que tiene un grave problema: su marido está por sacarle la vuelta y su matrimonio se está yendo al agua.  Pensé en ti, es tu especialidad… ¿O no te acuerdas cuando me diste esos pícaros consejos…?
- ¡Ja, ja, ja…! No bromees.
- Invítame a almorzar que quiero contártelo todo.
- De acuerdo.  En el Cordano, dentro de dos horas, ¿te parece?
- Claro, ahí nos vemos. Chau.
- Chau.

Se encontraron en el Cordano, se abrazaron y besaron con cariño, como amigos que se ven después de mucho tiempo.  Tomaron una mesa, pidieron sus platos y entablaron una amena conversación contándose sus vidas.  Al café, comenzó la historia.
- Roxana, mi amiga casada con Pedro, un buen hombre pero débil, está desesperada.  Levan seis años de casados y han descubierto que Roxana tiene ovario infantil, no desarrollado y no puede tener hijos.  A Pedro le encantan los niños y sufre mucho por la infertilidad de Roxana.  ¿Qué se puede hacer?
- ¡Vaya, pues que adopten un crío!
- Pedro sueña que sea de su sangre y teme lo peor de un niño de padres desconocidos, tú sabes, los genes…
- Oye, tú sabes que no me gusta dar consejos.  Lo más que puedo hacer es darles algunas posibles salidas, pero no sin conocerlos,  ¿por qué no hacemos una cosa?
- Toma tres entradas.  Invita al teatro a Pedro y Roxana.  El viernes estrenamos una obra.  Después de la función hay una pequeña celebración de estreno, allí nos encontramos.  Yo soy un amigo tuyo, me conociste en el club de teatro de la Universidad.  Yo voy a estar con mi ayudante, Teresa, una chica muy buena y muy formal, mi mano derecha.
- Bueno, me tengo que ir. Se está haciendo tarde y se acerca la hora de salida del colegio de los niños.
Se despidieron con un beso ligero, tierno, y una sonrisa cómplice, como recordando una aventura lejana.

La obra fue un éxito y también marcó el debut de Teresa en un papel secundario.  En el “vino de estreno”, en la sala de recepciones del teatro, se encontraron Carmen, Roxana y Pedro con Reynaldo y Teresa.
- Les voy a presentar a mi amigo Reynaldo, que ha dirigido la obra además de ser el actor principal.  Nos conocimos en el Club de Teatro de la Universidad, hace muchos años.
Después de los saludos y sonrisas de rigor llegaron los comentarios a la obra, las felicitaciones y se entabló una amena conversación entre los hombres.
 - Déjenme el honor invitarles una cena - interrumpió Reynaldo - a una cuadra de aquí está La Hacienda, buena carne argentina y buen vino, ¿qué les parece?
- Encantadas - contestó Roxana que había hecho muy buenas migas con Teresa. 
Reynaldo y Teresa tenían un encanto especial y les cayeron muy bien .  La conversación era amena y llegaron al tema del día: el teatro.
- ¿Por qué te hiciste actor?
- Todos somos actores - propuso Reynaldo.  Lo que mostramos a los demás no es ciertamente lo que somos en realidad.  Aún con nuestras parejas y en la mayor intimidad guardamos un espacio secreto al que no permitimos la entrada a nadie.  A veces algo feo o triste, un deseo no satisfecho, una ambición no lograda. 
- Se hizo el silencio.  Cada uno reflexionó sobre su “esqueleto bajo la escalera”, su secreto.
- Cuéntanos de tu trabajo - dijo Roxana rompiendo el incómodo silencio.  Cuál es tu siguiente obra.
- Estoy escribiendo un  pequeño drama.
- ¿Cómo se “fabrica” una novela? - intervino Carmen.
- Tiene que ser de actualidad para que tenga éxito - dijo Pedro.
- ¡Alto el fuego! - interrumpió Reynaldo - Poco a poco que para todos hay respuestas.  Voy a contestar todas sus preguntas.  Hay muchas formas de “fabricar” una novela, o diciéndolo mejor: escribir un relato. Vamos a lo clásico, por ejemplo, escojamos drama.  Otelo, un moro casado con Desdémona hija de un noble de Venecia, Yago, alférez de Otelo, despierta sus celos acusando a Desdémona de engañarlo con Casio, para lo cual le roba el pañuelo que Otelo había regalado a Desdémona y se lo da a Casio.  Al ver el pañuelo en su poder, Otelo, ciego de celos va a la alcoba de ella y dramáticamente le pregunta: “Has orado Desdémona”, tras lo cual saca su daga y la mata.  Una amiga le descubre el engaño y Otelo desesperado, se suicida.
- Bueno, conocemos el drama, pero ¿cómo así se escribió?
- Shakespeare escogió un tema universal y de todos los tiempos, de actualidad, como diría Pedro: los celos. Puso un paisaje, Venecia con sus bellos palacios y canales, ciudad cien por ciento romántica, puso personajes: Desdémona noble veneciana,  Otelo, valiente moro defensor de Venecia, Yago, envidioso  e intrigante soldado bajo sus órdenes, Casio era su mejor amigo. Luego puso la trama, la intriga de Yago, los celos de Otelo y la inocencia de Desdémona. Esto genera el desenlace: la muerte de Desdémona y el suicidio de Otelo. Ya tenemos todos los componentes.  El tiempo, el paisaje, los personajes, el tema, la trama y el desenlace.  Escojan ustedes estos elementos y tendrán su novela.
- Eso me parece demasiado sencillo - opinó Carmen.
- Depende. Un buen escritor puede con muy pocos elementos Hacer una buena obra, pero también puede requerir mucho estudio y recolección de información.  Si quiero escribir sobre el pasado o lugares extraños, tengo que conocerlos bien, estudiarlos exhaustivamente.
- ¿Cuánto tiempo se puede tardar para escribir un buen relato?
- Un año, un mes, una semana, unas horas, unos minutos… Depende.
- ¡Já!  ¿Cómo puede ser en unos minutos?
- El buen escritor es el que menos escribe, deja la mayor parte del relato en manos del lector, para que él lo rellene, sugiera el desenlace.  Por ejemplo, Antón Costas escribió el que quizá sea el cuento más pequeño que exista: es de una sola línea, y dice así: “Al despertar, el dinosaurio seguía allí.”  Los desafío a leerlo y tratar de entenderlo. A ver, cierren los ojos por un minuto y piensen después de escucharlo: “Al despertar, el dinosaurio seguía allí.” 
Todos cerraron los ojos.
Roxana se imaginó una noche de pesadilla  pensando en su problema: “como darle un hijo a Pedro”. Imaginó su despertar, Pedro durmiendo con los labios crispados en una mueca de pesar.  Ese era su dinosaurio.
Pedro se imaginó soñando una noche de sexo con una mujer sin rostro pero que le daría un hijo.  Cuando despertó, Roxana estaba allí, y la amaba y no quería traicionarla.  Su problema era enorme, un dinosaurio.
Carmen pensó que después de un cansado día de trabajo, se echó en la cama a jugar con sus hijos y se quedo dormida, al despertar, Barney, el dinosaurio verde de peluche de sus hijos estaba allí y lo miraba risueño.
Teresa pensó que había encontrado un gran hombre que la había salvado dándole trabajo, profesión, esperanzas. Era un gran hombre en su vida. De repente pensó que todo lo que le había pasado en estos seis meses había sido un sueño.  Asustada abrió los ojos y lo vio frente a ella, sonriendo.  Dio un suspiro de alivio, su dinosaurio aun estaba allí.
No quisieron enseñar sus “dinosaurios” pero bromearon entre ellos. Carmen interrumpió el jolgorio para pedirle a Reynaldo, esta vez en serio, que les adelante algo del libro que estaba escribiendo.
- Bueno, yo también he tomado un tema clásico. Está ya escrito en la Biblia, lo que tengo que hacerle es un paisaje conocido, personajes creíbles, un desenlace dramático y un final feliz.  Se trata de la infertilidad de una pareja.  En la Biblia, Abraham, casado con Sara, había sido notificado por Dios que tendría una gran descendencia, pero a sus 86 años, no había logrado embarazar a Sara (en esa época se vivía fácil hasta los 110 años).  Sara estaba consciente del gran problema que ocasionaba su infertilidad y como era una mujer muy resuelta, encontró una solución.  Llevó a una de sus esclavas, la bella egipcia Agar ante Abraham y le dijo:   “Yo no puedo complacer tus ambiciones pero toma a Agar, hazle un hijo que yo lo criaré como nuestro y con él tendrás una gran descendencia”. Agar se postró ante Abraham y le dijo “Haz de mí según tu voluntad”. Agar fue premiada con ofrendas y considerada como de la familia.  En el mundo actual, el drama de infertilidad de parejas se puede solucionar felizmente con las adopciones, los vientres o madres de alquiler, la fertilización “in vitro” y hasta con la compra de niños. Si bien estos casos se prestan a excesos y abusos, entre gente bien intencionada existen soluciones para todos los gustos.  Esa es la historia que voy a “modernizar”.
Surgieron las preguntas, comentarios y opiniones, pero Roxana y Pedro estaban silenciosos.  La sobremesa continuó.  En algún momento  Teresa pidió disculpas para ir al tocador de damas, rato en el que aprovechó Carmen para preguntarle a Reynaldo:
- Di Reynaldo, de donde sacaste esa joyita, Teresa, tan dulce, sencilla, inteligente.
- Nada que ver.  Entre nosotros solo hay un gran cariño y respeto.  Respeto su valor, su entereza, su sacrificio.  Les voy a contar su historia.
Y contó su aventura de seis meses atrás, el esfuerzo de ella en el trabajo y como había logrado el respeto y admiración de todo el elenco.  Cuando regresó del tocador, todos la miraban con cariño.  Así, entre risas y promesas de volver a reunirse, terminó esa noche.

- Aló, ¿Reynaldo?
- ¡Hola Carmen, que gusto de escucharte!
- El plan está funcionando.  Pedro ya mordió el anzuelo.  Me llamó Roxana y me contó que habían estado conversando largo y que tomaron una decisión: quieren un vientre de alquiler.  Su problema es que no saben cómo buscar a la mujer apropiada.  Piensan que tú estás investigando el tema por lo de tu libro y has de conocer el cómo se hace.  Me pidieron que te ruegue para tener una conversación a solas contigo.
- Justo como lo esperábamos.  Diles que acepto, podría ser este lunes en el café del teatro.  Mi elenco descansa ese día, salvo Teresa.  A las 8 de la noche, así podríamos aflojar las tensiones con una buena cena.  Diles que participaría Teresa, que es de toda mi confianza y que es quien podría encargarse de todas las cuestiones legales, de trámites y de contactos.
- Creo que es muy buena idea lo de Teresa.  Les voy a hablar y te confirmo.  Un beso. Chau.

- Señor Reynaldo, ya llegaron Roxana y Pedro.
- ¡Ah!  Muy bien.  Acuérdate de lo que conversamos.  Mucha discreción.  Llévalos al café y ubíquense en un reservado.  Yo voy en unos minutos.  Mientras, invítales un aperitivo y dales algo de conversación para que se tranquilicen que han de estar sumamente nerviosos.
Después de cinco minutos, se presentó Reynaldo y tras los saludos de rigor inició la conversación.
- Carmen me ha contado de su problema y que ustedes han decidido afrontarlo.
- Así es Reynaldo - contestó Roxana - pero nosotros no sabemos mucho del tema.  Creemos que tú estás bien informado por lo de tu libro.
- Bien, el asunto es así: El primer caso, cuando la mujer es infértil y no puede gestar, se contrata con una la madre de alquiler, que es fertilizada por inseminación artificial.  El donante, en este caso Pedro, guardaría su esperma enfriada la que se introduciría en aparato reproductor de la madre de alquiler, en sus momentos de ovulación, tantas veces como sea necesario para fertilizar su óvulo.  El segundo caso es la fecundación in vitro. Se requiere una donante del óvulo que sería fertilizado en una probeta de laboratorio con el semen del padre y luego implantado en el aparato reproductor de la madre de alquiler. Se utiliza generalmente cuando la esposa no puede ovular y en muchos casos la donante es pariente cercana de la esposa para confirmar la línea genética.  El tercer caso es cuando la esposa no puede mantener el embarazo, fertiliza su óvulo in vitro con el semen del esposo y se implanta en la madre de alquiler.  Por lo que me contó Carmen, ustedes están en el primer caso, ¿cierto?
- Sí - contestó Roxana - pero, eso de congelar el semen, ¿no trae consecuencias para el niño?
- No, que yo sepa.  Claro que eso se puede obviar si el esposo tiene relaciones sexuales con la madre de alquiler.  Esto requiere una madurez de los esposos suficiente como para comprender y asegurarse que esta relación no cree ningún vínculo emocional con la madre gestante. Generalmente las esposas son celosas y no admiten esto, aunque hay algunas que superan este temor y confían en el esposo.
Quedaron un rato silenciosos reflexionando, hasta que intervino Pedro.
- Y si la madre de alquiler quiere quitarme el niño, ¿qué se puede hacer?
- Primeramente, se ha de escoger una madre gestante de confianza y tienen que firmar antes un contrato legal donde se especifique claramente las condiciones y compromisos, para evitar que esto suceda.
- ¿Cómo saber que la madre de alquiler sea la adecuada?
- Antes tiene que pasar por evaluaciones sicológicas,  médicas, de antecedentes familiares y la que los padres crean necesarias.  Conviene que se conozcan, debido a que la madre de alquiler también tiene que dar su aprobación.
- ¿Cuál es el costo de un alquiler de vientre?
- Muy variable.  En Europa está alrededor de los 60,000 euros, unos 100,000 dólares en Estados Unidos y hay agencias especializadas en el negocio.  En esos países escasean los niños y la legislación al respecto está muy avanzada.  Aquí, abundan los niños para adopción y el costo depende de que las partes se pongan de acuerdo.  Pienso que unos 20 o 30 mil dólares serían suficientes.
- Si no hay agencias de alquiler de vientres aquí, ¿cómo podríamos buscar una madre de alquiler sin llamar la atención?  ¿Quién más podría ayudarnos?
- La única persona que conozco que tiene la reserva necesaria y la habilidad para manejar estos asuntos de búsqueda, de personas, entrevistas, gestiones, es Teresa.  La pongo a vuestra disposición.  Teresa, ¿aceptas esta nueva carga de trabajo?
- Me da mucho gusto.  Roxana, Pedro, estoy a su disposición.
- ¡Ay Teresa, que buena que eres, muchas gracias! - contestó Roxana.
- ¿Cuándo comenzamos? - preguntó Pedro.
- Ya empezamos - contestó Teresa - déjenme hacer algunas averiguaciones y contactos.  Mañana los llamo.
- Roxana y yo, estamos muy agradecidos por habernos abierto los ojos, hacernos afrontar nuestro problema y mostrarnos el camino.  Les debemos mucho.
- Con Carmen vamos a coordinar para reunirnos nuevamente - dijo Roxana - hace mucho que no nos divertimos tanto como en la noche del estreno.
Después de despedirse, la pareja se retiró pensativa pero sonriente. 

Avisos en los periódicos, en Internet.
Casting y entrevistas a las postulantes.
Búsquedas de antecedentes policiales y judiciales.
Búsquedas de antecedentes familiares.
Exámenes médicos y sicológicos.
Tres meses de intenso trajín, Teresa, Roxana y Pedro.  Cuando Pedro aceptaba, Roxana no.  O era Teresa que descubría alguna traba.  Si algo bueno sucedió es la gran camaradería que se creó entre Roxana, Pedro y Teresa.
Dejaron de buscar pero al sexto mes, Roxana invitó a Reynaldo a una parrillada en el restaurante La Hacienda, donde comenzó la historia.
 Estaban presente los mismos personajes: Carmen, Roxana, Pedro, Reynaldo y Teresa.
- Carmen, Reynaldo,  esta cena es para celebrar un gran acontecimiento.  Tenemos una noticia bomba: vamos a tener un hijo.
Gran barullo. Carmen y Reynaldo abrazaron y besaron a la pareja.
- Un momento - interrumpió Roxana mirando a Teresa - ¿no felicitan a la madre sustituta?
Gran silencio.  Era una verdadera sorpresa.
- Teresa, ¿de verdad, eres tú? - preguntó atónito Reynaldo.
- ¡Oh, querida, que grata sorpresa! - dijo Carmen mientras la abrazaba y besaba - ¡No te lo puedes imaginar, qué alegría más grande me han dado!
- ¡Tienen que contarnos que ha pasado! - reclamó Carmen.
- Bueno, la historia es esta:   Conforme nos indicó Reynaldo, Pedro y yo nos reunimos con Teresa para pensar en cómo resolver nuestro problema.  Nos consiguió libros sobre el tema, nos llevó a su parroquia para que el Padre Tomás nos oyera y aconsejara,  con ella fuimos al sicólogo, luego donde médicos especializados,  entramos en contacto con agencias extranjeras (en el país no las hay) especializadas en conseguir madres sustitutas,  pero elegimos el buscar nosotros a la persona adecuada.  Puso avisos en periódicos, en la Internet y se presentaron muchas candidatas.  El trabajo de Teresa fue maravilloso y nos hicimos en esos meses muy buenos amigos.  Después de hacer los “casting” a muchas candidatas no encontrábamos la adecuada.
- Pero Roxana, cuéntales ya como la encontramos - interrumpió Pedro.
- En ese tiempo conocimos a la familia de Teresa y también nos contó sus ambiciones.  Quería ser periodista, pero la carrera es muy costosa y lo que ganaba no le alcanzaba ni siquiera para educar bien a sus hermanos y atender a su madre enferma y nos dijo que afrontaría cualquier sacrificio para sacar a sus hermanos adelante.  Para nosotros era la madre sustituta  perfecta, pero ella, ¿cómo lo tomaría?
- Me tomó de sorpresa - continuó Teresa - pero después de pensar durante una semana, comprendí que no había nada de malo en ello y que tendría el valor de separarme de mi hijo sabiendo en que buenas manos estaría y que haría feliz a mis amigos.
- Teresa no quiso firmar ningún contrato, y la comprendemos - dijo Pedro - La verdad es que hemos congeniado tanto con ella que ya es como una hermana.
- Nos pusimos en manos de un buen médico y al tercer mes, el día de ayer, nos confirmó la noticia: Teresa estaba gestando.
La cena transcurrió con mucha alegría y brindis por la magnífica noticia.  Y esa fue la última vez que se reunieron todos ellos.  Roxana y Pedro se trasladaron a Arequipa por motivos de trabajo, pero llevaron a Teresa para atenderla los últimos meses del parto.  Una jueza, sobrina de Pedro arregló todos los papeles legales, Teresa regresó a Lima, entró a la Universidad y logró recibirse de abogada.
Quince años después, Carmen y Reynaldo recibieron una sorpresa:   Pedro y Roxana habían vuelto a establecerse en Lima y los invitaban  a la inauguración de su nueva casa. También iría Teresa que llevaba cinco años de casada.
Cuando llegaron Carmen y Reynaldo a la casa, Pedro y Roxana, los recibieron acompañados de su hijo.
- Este es nuestro hijo, Mario.
Abrazos, besos y felicitaciones.  Los amigos estaban muy felices de encontrarse después de tanto tiempo y la presencia de Mario les recordaba los momentos penosos y felices que habían pasado juntos.
Sonó el timbre, Roxana salió a la puerta y regresó acompañada de Teresa, su marido y una linda chiquilla del porte de Mario.
- Es María Teresa, mi hija - aclaró Teresa - y Jorge es mi esposo.
Volvieron los abrazos, besos y saludos.  Carmen y Reynaldo sorprendidos por la familia de Teresa.  No se habían enterado de que se había casado ni de que tuviera una hija, que parecía…
- Quiero explicarles algo - habló Roxana interrumpiendo la algarabía - Esta reunión tiene un doble propósito: el primero y menos importante es inaugurar nuestra casa.  El segundo es reunir a dos familias, padres e hijos.  Cuando solucionamos mi problema de infertilidad con Teresa acordamos que su hijo, que es también hijo de Pedro, quedaría con nosotros pero cuando descubrimos que estaba gestando mellizos, acordamos que uno de ellos quedaría con Teresa, y así fue. Mario es nuestro hijo y María Teresa, esa linda chiquilla que recién conozco es hija de Teresa.
- Hace días nos reunimos con Teresa y Jorge - continuó Pedro - y decidimos decirles toda la verdad a los chicos y así lo hicimos, por eso es que están así de inquietos: están reconociéndose como hermanos y conociendo a su otra madre y a su otro padre.
Efectivamente, Mario y María Teresa se habían retirado disimuladamente, tomados de la mano, y conversaban animadamente.  Se les veían felices. 
Y así, sin fricciones ni problemas, en forma civilizada y amorosa se cerró una historia donde problemas humanos aparentemente insolubles, se arreglaron por la buena voluntad y sentimientos de algunas personas.

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