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28 may 2014

Quillabamba - 2 Tierra o muerte

¡Tierra o Muerte!

¿Cómo fue que llegué a Quillabamba?
El año 1960 egresé de la Universidad de Ingeniería y estaba haciendo mis pininos en topografía, trazos de vías y canales, replanteo de lotes, supervisión de construcciones y obras civiles, pequeños trabajos que no llenaban mis expectativas.
Una tarde me encontré con dos colegas, amigos muy cercanos, Edo y Tewfick. Los acompañé a comprar unos discos en “Héctor Roca”  luego tomando un café  en el Zela de la plaza San Martín, empezaron a comentar sobre sus trabajos. Ambos estaban en Pichari, selva a la margen derecha del Urubamba,  replanteando lotes para una parcelación que estaba realizando el Gobierno.
- Oye Juan, ¿Por qué no te vienes con nosotros? Jaegger, mi jefe, nos ha pedido que busquemos gente capaz y de confianza para un trabajo, esta vez en Quillabamba.
- ¿Y qué es lo que estaban haciendo por Pichari?
- Una huevada. Replanteo de lotes. Cuadramos el teodolito, alineamos direcciones y mandamos a los trocheros a tirar machete. Claro, en plena selva.
-¿No es muy peligroso?
- Bueeeeno… algo, pero si nos cuidamos no hay problema. Con decirte que el animal más feroz y que nos jode todo el tiempo es el mosquito. No te rías, al atardecer tenemos que ponernos repelente y prender fogatas por la “manta blanca” que es una nube de mosquitos que no te deja ver a dos pasos y se te mete por la boca, nariz, cuello… Claro que no pican como los zancudos que no te dejan dormir con su zumbido o como el tábano que tiene un aguijón que perfora la piel de un caballo. Pero con tu repelente, tu fogata y tu mosquitero la pasas bien.
- ¿Y las víboras?
- La gente del lugar está acostumbrada. Cada tarde regresan con una sarta de jergones, naca-nacas, coralillos, pashpas, loro-mashacos que cazan en el camino. Las víboras huyen del hombre y atacan solo cuando están acorraladas, a excepción claro, de la shushupe que es una de la más grandes y venenosas y persigue al hombre.
- La otra vez llegó un trochero en calzoncillos al campamento. Lo había perseguido una shushupe y se fue despojando de todas sus ropas y tirándolas. La víbora de detenía a destrozarlas mientras él sacaba una ventaja. Dicen que es la única forma de escapar.
- ¡Ah! Y tremendo susto que te diste con el sapo toro.
- Ah, sí. Estaba cansado, caminando por una trocha antigua y vi una gran piedra (¡queco…, si en la selva no hay piedras!); cuando quise sentarme la piedra saltó, croando asustada: era un sapo gigante, el sapo toro. Tremendo susto.
- En las noches buscamos una playa, encendemos una fogata y armamos las carpas alrededor. Las brigadas tienen su cocinero y su cazador que nos trae carne de monte  (sajinos, samanis, ronsocos, siguayros, pavas de monte…) y pescados (boquichicos, pirañas, palometas, doncellas, bagres…).  No me quejo de la comida.
- Después, conversamos y escuchamos música clásica. Edo tiene su tocadiscos y yo mi radio. Precisamente hemos venido a las galerías Boza a comprar discos en Héctor Roca.
- El ha comprado Karelia de Sibelius y yo la quinta, la sétima y la novena de Beethoven. No te imaginas que bestial es tirarse en la arena cerca de una fogata a mirar las estrellas y escuchar música clásica.
- Pero, ¿Toda la semana están abriendo trochas?
- No hombre, los viernes a las tres de la tarde llega un par de deslizadores para llevarnos al campamento de Pichari. 
- El viernes pasado Edo entró a una olla y casi se queda allí.
- ¿Cómo fue eso? ¿Qué es una olla?
- Un remolino, como una espiral que te jala hacia el fondo del río. El fuera de borda entró al borde de la olla y empezó a dar vueltas, el piloto forzó la máquina queriendo salir. Uno de los trocheros les tiró una cuerda y jalándolos con mucho esfuerzo pudimos sacarlos de la olla.
- En el campamento nos encontramos con la gente de las otras brigadas. Jugamos fútbol, ping-pong, ajedrez, etcétera y el que quiere se aprovecha para leer.
- Yo me estoy llevando medio metro de libros.
- Y,  el trabajo en Quillabamba ¿cómo es?
- ¡Bestial, hermano! Mira que Quillabamba es ceja de selva, sobre los ochocientos metros, la llaman “la ciudad del eterno verano”.
- Las hembritas son de primera y están botadas, esperando de rodillas que lleguen los ingenieros.
- Además la chamba  es diferente. Geodesia, topografía, pero sobre todo: desarrollo rural.
- Construcción de carreteras, puentes, obras hidráulicas como bocatomas, desarenadores, canales, filtros,…
- Viviendas rurales, centros cívicos, protección de riberas… ¡…ta,!  ¡Que hay de todo allí!
- Además es una ciudad muy bonita, con dos cines y un bulín. Trabajamos con diez asistentas sociales y diez educadoras del hogar, como veinte ingenieros, agrónomos  y civiles, topógrafos, cooperativistas, dibujantes…
- Cada ingeniero tiene su brigada y su camioneta, el trabajo es bestial, pero, eso sí, te tienes que sacar el alma. A veces trabajamos hasta sábado y domingo.
- Hemos armado equipos de fútbol,  básquet y  vóley y demás jugamos ajedrez, sapo, ping-pong y tenis.
- Y…  ¿Cuánto pagan?
- El sueldo es bueno. De cuatro a cinco kilos.
- ¡Sale caliente! Me convencieron. ¿A quién hay que matar?
- Mañana nos acompañas a la oficina con tus papeles  y….
Al día siguiente firmé el contrato para mi primer trabajo estable con la Oficina Nacional de Reforma Agraria (la ONRA) y con mis amigos y colegas Edo y Tewfick nos embarcamos rumbo a Quillabamba.  La primera etapa del viaje fue Lima - Arequipa. 15 años antes hice este viaje con mi padre. Empezaba a conocer el Perú y comencé a interesarme por la geografía de mi país. En la costa atravesamos una sucesión de desiertos y de valles. En los desiertos mi mente era hipnotizada por la monotonía del paisaje: sol ardiente, espejismos, arenales y dunas. En los valles me deleitaba con el verdor del campo y el paisaje que pasaba raudo por la ventanilla de la camioneta. Nunca perdí el goce del viajero, el empapar mi espíritu de colores, olores, sabores. El placer de la velocidad, de sentirse incorpóreo, leve.  La novedad, derroche de nuevas experiencias; el enriquecimiento del conocimiento, ese crecer personal. A los 8 años habían quedado grabadas muchas experiencias de mi primer viaje. Eran otras épocas, demoramos tres días en llegar. Pasamos peripecias por las pésimas carreteras, como Pasamayito, angosta trocha carrozable, camino de tierra bordeado de abismos y sembrado de cruces en los bordes en memoria de las tantas víctimas de accidentes de tráfico; los “doce kilómetros angostos”,  en las mañanas en un sentido y en las tardes en el sentido opuesto; Hormigas, pequeño pueblo fantasma, manzanas y manzanas de casas abandonadas, dizque por la peste. 
Ahora con la carretera pavimentada el viaje duraba solamente 24 horas.
La gastronomía fue siempre mi deleite.  Los chicharrones de Lurín, las manzanas de Cañete, los tamales de Chincha, las tejas de Ica, las naranjas de Palpa. Los camarones, los chupes, el adobo, el caldo blanco, los chocolates de Arequipa. Nuestro viaje se convirtió en un evento gastronómico.
El viaje en tren Arequipa-Puno-Cuzco fue para mí un motivo de reflexión. Entrar al mundo serrano y sentirme miembro de una minoría mestiza, el encontrar la grandiosa y variada riqueza cultural de esa población andina fue como reconocer a un ancestro, ver de cerca mis raíces o partes de ella que desconocía.
Me había sentido avergonzado porque en mi documento de identidad, mi libreta electoral, estaba registrado como de raza “mestiza”.  Al empezar a conocer la idiosincrasia andina, su visión de la cosmogénesis, sus mitos y leyendas, la dulzura del idioma, me enamoraba y enorgullecía de esa cultura. “In pluribus unum”, una en la diversidad, eso eran los quechuas.  No hay pueblos iguales. Variedad de ritos, músicas, comidas, vestimentas, costumbres, y sin embargo una misma idiosincrasia.
Estuvimos en el Cuzco lo necesario y suficiente para embarcarnos en tren a Santa Teresa, población que creció en la hacienda Huadquiña, propiedad de la familia Romanville, una de las más poderosas y temidas de la región. Después de trabar amistad en el tren, con Angelita, agraciada hija de un hacendado en La Convención, llegamos a Santa Teresa,  última estación del ferrocarril.  Nos esperaban dos camionetas para llevarnos, pasando por Santa María, Chaullay, Maranura hasta llegar a Quillabamba.
En 1964 estábamos a inicios del primer gobierno de Fernando Belaunde.  La revolución cubana seguía ganando adeptos,  El levantamiento de Hugo Blanco en el valle de la Convención, en el Cusco y las guerrillas de De la Puente Uceda fueron el motivo que presionó a los políticos a aprobar unas primeras normas legales sobre reforma agraria.
Quillabamba, la ciudad del Eterno Verano, capital de la Provincia de La Convención, las actividades principales son la producción de coca, café, cacao y frutales y la ciudad de Quillabamba es el centro comercial del valle.  Su aislamiento había generado un pueblo compuesto mayormente por familias de hacendados y comerciantes, muy conservadores.  A pesar de la tensión por el enfrentamiento de hacendados con campesinos, era una población acogedora, alegre.  “La Esquina”, era un cafetín en la plaza de armas, el principal centro de reunión, donde se saboreaba un café amargo en un ambiente de conversaciones, chismes, risas.  La plaza poblada por viejos árboles de mango, era testigo de la exuberancia de la naturaleza: camiones contratados por la Municipalidad para recoger la fruta tirada en la plaza y botarla al río. 
Era la una de la tarde cuando nos presentamos ante el ingeniero jefe, Benjamín que nos recibió con un pequeño discurso de bienvenida que marcaría el inicio de un lustro de arduos trabajos, alimentados por la generosa entrega propia de 50 jóvenes profesionales que tenían la oportunidad de servir con generosidad a la sociedad y a su patria. 
- “Bueno jóvenes, la ONRA, Oficina Nacional de Reforma Agraria, ha sido creada por el Presidente Fernando Belaunde para atender las justas demandas de los campesinos, prioritariamente en Cuzco, en los valles de La Convención y Lares. La semana pasada ha sido capturado Hugo Blanco, el principal dirigente y agitador del valle. Los sindicatos están organizándose para imponer condiciones al gobierno. Los abusos de algunos propietarios, así como la pobreza reinante es el caldo de cultivo donde se gestan revueltas. Por otra parte ley 15037 dispone la adjudicación de las tierras enfeudadas, un minifundio de 20,000 parcelas, respetando las tierras directamente conducidas por los propietarios, quienes serán compensados justamente por las tierras que se expropien. Nuestra misión es cambiar el panorama. La división de Ingeniería Civil está encargada del levantamiento de los planos de las haciendas y de las parcelas de los feudatarios y del desarrollo físico: carreteras, puentes, dotaciones de agua potable, centros comunales, viviendas, campos deportivos. Trabajaremos coordinadamente con la Oficina de Cooperación Popular que apoyará con materiales y asistencia técnica, aunque tienen pocos recursos. La división de Agronomía prestará atención técnica a todos los agricultores, para lo cual tendremos siete oficinas zonales donde trabajarán las asistentas sociales y educadoras familiares en planes de salubridad y desarrollo comunal. Las tareas serán coordinadas con las autoridades locales. Todo el personal foráneo se alojará en las casas que hemos alquilado para alojamiento y comedores.”
Luego nos llevó al comedor y nos presentó con el resto del equipo. Repusimos fuerzas con un suculento almuerzo. Luego nos envió al almacén donde nos dieron nuestro equipamiento básico y luego misión y destino: la Oficina de Santa María estaba abandonada: tenía que llegar, instalarme, descansar y al día siguiente ponerla operativa.
Me pusieron una camioneta con chofer y un ayudante: “el Chuncho” Zamora, un machiguenga urbanizado que trajo a su familia a la ciudad y trabajaba como guía en las brigadas de ingeniería.
La oficina de Santa María, a 40 kilómetros al norte de Quillabamba,  era una casa prefabricada de madera, aislada, construida en un promontorio, a la otra vera del río, frente al pueblo al que se llegaba por un puente.  El Yanatile era un río caudaloso, con rápidos, olas y remolinos, pero con algunos remansos en las orillas. Me instalé rápidamente, puse mi ropa en un rústico armario, y me preparé para un duchazo.
¡Qué tonto!, – pensé – teniendo el río a veinte metros pensar en la ducha. Me puse mi ropa de baño y salí.
- Acompáñame, Chuncho. Voy al río a bañarme.
- Inge, es bravo el río, pues.
- Mira, soy medio marinero, he vivido mucho tiempo junto al mar.
Efectivamente, nací en un puerto y desde los nueve años he pasado todas mis vacaciones de verano en la playa de Chancay. Mis amigos, hijos de pescadores me llevaron a pescar al Kaulán.  Este era el mayor de un grupo de grandes peñascos a cincuenta metros de la orilla, donde se estrellaban las olas: buen lugar para la pesca de roca. Llegué caminando, con la marea baja y a las cuatro horas, que pasaron sin sentirlas con la emoción de la pesca, me di cuenta que las aguas habían subido de nivel con la marea alta: no podría salir caminando y yo, recién llegado de la ciudad, no sabía nadar.  El orgullo me hizo callar.  Mis compañeros salieron uno a uno, nadando.  Yo me quedé al final, observando cómo se tiraban al agua, como movían los brazos y las piernas.  Llegó mi turno y haciendo de tripas corazón, até la sarta de pescados a mi cintura y me arrojé al mar.  Me hundí hasta el fondo y pataleé desesperado hasta salir a flote; moviendo los brazos y piernas no me hundía, tirando los brazos adelante y echándome en el agua moviéndome como observé que hacían mis amigos, comencé a avanzar.  Cuando llegué a la orilla, me sentí feliz con una sarta de pescados para asombrar a mi mamá y hermanos con mis nuevas habilidades. Estas fueron vacaciones de verano durante doce años, engreído por los pescadores del pueblo, pescando, mariscando, nadando, las que hicieron que me creyera todo un hombre de mar.
Entré al agua. Era un río torrentoso, con grandes rocas donde chocaba el agua con violencia. Así no me podía bañar, pero en la otra ribera había remansos formados por un codo del río.
Decidí cruzarlo, pero a las primeras brazadas perdí totalmente el control. Las aguas me aspiraban al fondo, me lanzaban contra las rocas, me daban volteretas. Me di cuenta de inmediato del peligro. Daba brazadas para salir a la superficie, me cubría la cabeza con los brazos para no golpearla contra las rocas, pensé “no hay que nadar contra la corriente” así que empecé, en los momentos que salía a la superficie, a dar brazadas en diagonal para acercarme a la orilla.
Luché largo rato pero no pude contra la potencia de las aguas.  Cansado al límite, ya sin fuerzas asomé la cabeza por última vez, sintiendo que iba a morir. En ese instante vi al Chuncho Zamora asustado, me seguía corriendo por la ribera, agitando los brazos. Miré al frente y contemplé el valle; una V formada por los verdes cerros con un hermoso fondo de nubes de formas caprichosas dibujándose sobre el azul del cielo, pensé en Tewfick y Edo, la pena que tendrían de haberme traído hacia mi muerte, en mis padres, mis hermanos, el dolor que sentirían. Pasaron en mi mente, como en una película, pasajes de mi vida, desde mis primeros recuerdos. Todo ocurrió en el instante que saqué la cabeza del agua, luego, un remolino me jaló al fondo del río. Sin un ápice de fuerza, me abandone resignado, - recíbeme, Dios – pensé y mi mente quedó en blanco.
- ¡Ingeniero, ingeniero! – Abrí los ojos y vi al Chuncho llamándome desde la otra orilla. Miré mi cuerpo, me toqué. – ¡Estoy vivo, no puede ser! – el río, me llevó al fondo y luego me depositó como a un despojo,  un cuerpo extraño, a la orilla de una pequeña playa en la otra ribera.
¿Por qué los jóvenes nos creemos indestructibles?  Tuve a la muerte tan cercana y no me asusté. En mi fuero interno me creía inmortal, o quizá presentía que mi momento final no había llegado.
Seguí las indicaciones del Chuncho y, aunque estaba agotado, tomé una senda al borde del río hasta llegar al puente frente al poblado de Santa María. El Chuncho me estaba esperando, todavía con cara de susto, con mis sandalias y toalla en las manos.
- ¡No le cuentes esto a nadie, eh!? – Contestó con una sonrisa cómplice. De ahí en adelante sería mi más fiel compañero en los cuatro años de trabajos en el valle.
Me preparé un café, salí y me senté en el suelo escuchando el concierto de chicharras que anunciaban el fin del día. Era las seis de la tarde. En lontananza, el cielo se hería de colores mientras  las sombras de la noche trepaban por los cerros.  A pocos metros la carretera, una angosta plataforma de tierra apisonada,  después el río con su eterno murmurar.  A la izquierda Chaupimayo, una hacienda donde se habían cometido crueles abusos, ahora pretendida por las víctimas.  A la derecha el angosto valle, bordeado por cerros cubierto de bosque.  Me gustó el nuevo mundo, tan primitivo, habiendo tanto por hacer.  Luego pensé en mi extraña salvación en el río.
Es una señal – pensé - para el comienzo de una vida diferente, me siento como un niño recién nacido: de hoy en adelante voy a aprender lo que verdaderamente significan las palabras y conocer lo que existe sin palabras que lo expresen o describan. Hoy he salido de la cárcel del alfabeto donde solo se puede vivir lo que se puede expresar con palabras. Hoy ha muerto el otro yo, educado por la sociedad para ser uno más de tantos. Hoy se toman de la mano mi razón, mis emociones y mi voluntad: la vivencia como el sexto sentido para aprehender la realidad. Ya no sé que es el amor, el odio, la guerra, la paz, nada. Todo tengo que conocerlo de nuevo, no por experiencias de segundas personas.
Entré a mi oficina, cerré los ojos, puse la mente en blanco y me dormí.  Soñaba con el mar, con el rumor de las olas, mas de pronto mi mente despertó alerta.  Afiné el oído. Extrañado me levanté y miré por la ventana. Una turba de unos cincuenta campesinos caminaban por la carretera portando antorchas, en dirección a mi oficina.
- ¡Tierra o muerte! – gritaban.
- ¡Causachum sindicato!
- Causachum, causachum!
Al acercarse a la casa uno gritó:
- ¡Hay que quemar las oficinas de la ONRA!
- ¡Fuego!, ¡Fuego!, ¡Fuego!, - coreaba la muchedumbre.
Era el sindicato. Las protestas por haber capturado hace unas semanas a su líder Hugo Blanco. Iban a prender fuego a la casa. Miré a mi costado: dos cilindros de gasolina. La camioneta, felizmente había retornado a Quillabamba, volvería mañana.
Ya estaban a veinte metros. Tomé una decisión, me puse apresuradamente las zapatillas, cogí una manta, hice un plan: esperar que estén frente a la puerta principal tratando de forzarla, yo saldría corriendo por la puerta trasera y me internaría en las chacras escondiéndome entre los árboles hasta que terminara el incidente.
Llegaron a la casa y empezaron a tirar piedras (yo miraba por una rendija de la pared). Un campesino se separó del grupo con un bidón de gasolina en una mano y una antorcha en la otra. En ese momento, todos callaron, se escuchó el sonido de un vehículo que se acercaba por la carretera.
- Es Valdivia – gritó uno – vamos tras él.


Valdivia era un hacendado dueño prácticamente de todo el poblado de Santa María, repudiado por el Sindicato. Los campesinos corrieron tras la camioneta que se dirigía a la casa hacienda. Di un suspiro de alivio. No ocurrieron más incidentes esa noche, aunque no pude cerrar un ojo. A la  mañana siguiente llegó la camioneta manejada por el negro Vásquez y con el Chuncho y  me llevó de retorno a Quillabamba.

23 may 2014

Quillabamba - 6 Avelino Mar Arias

Avelino Mar Arias



 Era el año 1965. Con Benito, Edo y Tewfick compartíamos un dormitorio en la residencia de Técnicos de la ONRA, en Quillabamba. Con el tiempo, nuestra amistad se consolidó y profundizó hasta estos días. 
Benito llevaba cajas de mandarinas y mangos que eran vaciadas rápidamente por nuestros jóvenes estómagos.  Los cuatro compartíamos el gusto por la música clásica y la buena lectura.  Cuando íbamos al Cuzco o a Lima, nos proveíamos abundantemente de libros y discos. Recuerdo que hacíamos competencia de lectores apilando los libros que leíamos y midiendo la altura de la pila. En el tiempo que vivimos juntos pasamos el metro.
Muchas noches pasábamos horas comiendo fruta, escuchando música y conversando. Música, arte, literatura, religión y política.  El tema político era el más candente.  Éramos conscientes de los grandes abusos cometidos con los campesinos y nos considerábamos la mano del Gobierno que al fin les prestaba apoyo para su desarrollo económico y social.  Sin embargo, el Sindicato de Campesinos seguía activo con sus permanentes demandas.  A la vez, ONRA trabajaba con las Fuerzas Armadas y el Comandante Gallegos, que dirigía el Servicio de Inteligencia, estaba integrado a nuestro grupo y con él compartíamos la vida social.
Las autoridades vivían en estado de alerta.  Se esperaba en cualquier momento un paro campesino, con interrupción de las vías de comunicación y toma de las oficinas públicas.
A pesar de que el principal dirigente campesino provincial, Hugo Blanco, había sido detenido recientemente y estaba siendo enjuiciado,  el Servicio de Inteligencia había descubierto que el Sindicato había pactado con las guerrillas dirigidas por De la Puente Uceda y que las mismas habían llegado de Puerto Maldonado y estaban acampando en las alturas del Valle, meseta llamada Mesa Pelada, inhóspita y de muy difícil acceso.
Nuestra llegada al valle fue mal recibida tanto por propietarios como por campesinos.  Los propietarios porque pensaban que les íbamos a quitar sus tierras ya que íbamos a adjudicar a los feudatarios los terrenos que ellos ocupaban pagándoles un justiprecio por ellos: si bien esto terminaba con los conflictos por tierras, le quitaba una mano de obra barata, ingresos y otros beneficios del anterior régimen;  la verdad es que las “condiciones” de enfeudamiento ya no se cumplían por la rebelión de los campesinos y por la presión que hacían al Gobierno. Los campesinos no nos aceptaron al inicio porque no confiaban en el gobierno.
Este rechazo no duró mucho tiempo.  Los tres organismos que trabajábamos por la pacificación: la Oficina Nacional de Reforma Agraria encargada de la titulación y desarrollo rural, la Oficina de Cooperación Popular, que aportaba con materiales y dirección técnica de algunas obras, y el Cuerpo de Paz, organismo norteamericano que enviaba personal  para capacitación, asesoría y apoyo al campesinado,  todos estaban constituidos casi en su totalidad por gente joven.  Jóvenes profesionales que nos entregamos en cuerpo y alma al trabajo, creando una mística que nos unía y nos daba fuerza para afrontar situaciones difíciles.  Trabajábamos aún fuera de horarios y en días de descanso, sin ninguna presión ni exigencia, por el placer del trabajo realizado. Teníamos muchos amigos, nos hicimos querer tanto por propietarios como por campesinos.
Una noche, Benito se presentó con un amigo, Avelino Mar Arias.  Benito era el ingeniero encargado de la Oficina de Huayopata y en un recorrido por la zona, acompañado con Berta, una asistenta social, llego  a su predio.  Avelino había estudiado 2 anos de Agronomía y era un hombre inteligente, de nuestra edad, con mucha simpatía.  Se hicieron amigos de inmediato y frecuentemente Avelino lo visitaba en la Oficina para fumarse unos cigarros y tomarse un café.
Desde entonces, Avelino frecuentó nuestro dormitorio, a veces con otro amigo, y nos enfrascábamos en amenas conversaciones. Una noche nos estaba contando las duras condiciones en que había vivido el campesinado y yo aproveché para decirle que nosotros expresábamos la política del Gobierno que quería llevar el desarrollo a los campesinos.
- Eso no es cierto - me contestó Avelino.  El gobierno se comporta como el mal médico que receta una pastilla para calmar el dolor.  Cierto, cura el malestar pero la enfermedad subsiste.  Todo el país está enfermo.  Si no fuera por Hugo Blanco y De la Puente, los sindicatos y las guerrillas, ustedes no estarían aquí.  Fueron ellos, fue su presión, su sacrificio, sus muertos, los que obligaron al Gobierno a poner este parche en La Convención.  Ustedes, amigos, son solo un parche, para evitar que la infección se propague por todo el país.
- No pude ocultar que había mucho de verdad en los que decía.
- Pero ¿Tú crees que esto justifique la violencia?  La lucha trae dolor, muerte, infelicidad.
- Dolor, muerte, infelicidad, injusticia, abuso.  Eso es lo que tenemos ahora.
- Pero el mundo evoluciona.  Se dan leyes para que progresivamente llegue el desarrollo económico y social a todo el país.
- Juanacho, me haces pensar que no eres ingeniero sino ingenuo.  Las leyes las dan los poderosos que gobiernan para defender sus intereses.  Si se avanza algo es por presiones, como en este caso. Y ya no se puede esperar más, si nó mira los cerros alrededor de Quillabamba: todos pelados, antes eran bosques. La falta de respeto a la Pachamama, a la naturaleza, está destruyendo el país.  La erosión, pérdida de tierras arables, contaminación de las aguas y los aires, liquidación de la biodiversidad.  Todo por la visión mercantilista de nuestros gobiernos que pretenden matar las raíces incaicas de nuestro pueblo.  ¿Qué sabes del Taqui Oncoy?
- ¿Nada, primera vez que lo escucho.
- ¿Conoces la cosmovisión andina?
- Ni idea.
Otro día vamos a conversar extensamente de eso.
Se despidió y me dejó pensativo, avergonzado. Tenía razón, y además había adoptado una posición compatible a sus ideas. ¡Qué vacío e insignificante me sentí!  Decidí averiguar más cosas sobre Avelino, conocerlo más.
Benito me contó de él. Su padre era arrendire de Benjamín la Torre. Avelino le contó cuando niño vio a su padre encaró al hacendado por hacer trabajar a los arrendires por más de doce horas bajo lluvia, sin descanso y además al fin del día tenían que acarrear leña a la casa hacienda, desde entonces nació en él el deseo de reivindicación. Su padre sufrió represalias por que lo envió con su hermano al Cuzco, con grandes sacrificios, a estudiar. A los 17 años falleció su madre y él ingresó a La Universidad para estudiar Agronomía. La rebelión del campesinado cuzqueño contra los hacendados iba creciendo y necesitaban organizadores en esa lucha, y sintiéndose necesitado, hizo un pacto con su padre y su hermano menor.
- Padre le dijo: ayúdame en todo lo que puedas para que yo pueda viajar por  las comunidades organizando a nuestros hermanos -  y al hermano le dijo, - tú acaba tu carrera y ayuda a la familia.
Recién me expliqué porqué solo venía en las noches.  Era dirigente del Sindicato y el Servicio de Inteligencia tenía los ojos puestos en él.  Llegaba a vernos aprovechando la nocturnidad, a ocultas.
Una noche se presentó con una muchacha.
- Voy a presentarles a Cecilia.  Amiga de un amigo de Lima, que ha venido a visitarnos.
Vinieron los saludos, formales y corteses, y luego la conversación se hizo un poco tensa.
-Vamos, Cecilia.  Una delicada y dulce señorita, poetisa, citadina. No esperamos que comprendas nuestras ideas de justicia social.
- Yo viví mucho tiempo en la sierra. Papá es ingeniero civil y yo siempre lo acompañaba. Si me dediqué a la poesía fue en parte para poder protestar contra tanta injusticia que he vivido. Cuando vivía en Huariaca he conocido a los señores feudales, de horca y cuchillo. Ellos decretaban las leyes y las ejecutaban abusivamente. Me ha tocado ver ahorcar a un campesino por robar unas papas para su familia, he visto los pequeños ejércitos de mercenarios persiguiendo hasta matar a los rebeldes, he conocido del derecho de pernada contra las bellas muchachitas. Ahora saben de qué parte estoy.
- ¿Cecilia, cuál es tu papel en esta lucha por la justicia social?
- Soy poeta y debo luchar con mis armas, mis poemas.
Una chispa brilló en mi mente.  Me había sentido mal cuando estaba con Avelino.  Siempre me preguntaba si lo que hacía era lo correcto, si no debería tomar compromisos más directos con los rebeldes y ella me daba una respuesta: Soy ingeniero y debo luchar con mis armas. Un premio nacional de Poesía, Cecilia, me abría los ojos.
En mis discusiones con Avelino, yo como admirador de Gandhi, era enemigo de la violencia y Avelino, aunque la justificaba, no la tomaba como opción. Cuando fue elegido como Secretario de Prensa y propaganda del Sindicato de Campesinos de la Convención, le pregunté si apoyaría a las guerrillas.
- Luis de la Puente me ha pedido apoyo y yo le contesté que le daría todo mi apoyo personal pero no involucraría al Sindicato porque la masa campesina no comprendería el propósito de la lucha armada del Movimiento Independiente Revolucionario, MIR.
Daniel era un muchacho de 18 años, que vivía con su madre en su arriendo de Echarate.  Era inteligente y generoso. Le enseñé algunas técnicas simples de ingeniería, como construir retretes, filtros para agua potable, muros de contención, y el ayudaba con sus conocimientos a sus vecinos.
 Cuando pasaba cerca a su casa, paraba la camioneta mientras conversábamos y tomábamos un café, y su madre nos atendía con mucho cariño.  Nunca me dejaba ir sin darme una caja de mandarinas o de mangos, sabiendo lo mucho que me gustaban. Entre nosotros se estableció una fuerte amistad y estima.
Fue una semana agitada. Las noticias eran alarmantes.  Se decía que los guerrilleros estaban en Mesa Pelada, meseta, puna, en las alturas del valle.  Muy poca gente había subido a Mesa Pelada.  Llegaron unos militares de Lima llevando fotografías aéreas buscados planos del área, que no existían.  Decían que allí estaba De la Puente.
El lunes, me embarque en mi camioneta conducida por Juan Quintanilla, mi compadre, a Echarate. Allí me reuní con Arturo Chávez, el jefe de la Oficina, Sonia Cuentas, la asistenta social y los dirigentes del Sindicato, para organizar la construcción de un Centro Comunal.  Nos citamos en la carretera, frente al Platanal.  Este era un lugar poco accidentado cubierto con una plantación caduca de plátanos.  Encontramos reunidas unas cincuenta personas.  Organizamos inmediatamente los trabajos.  Marqué con estacas los cuatro vértices del terreno sobre el que íbamos a construir e inmediatamente los cincuenta campesinos entraron con sus machetes a tumbar y desenraizar los plátanos.  Mientras tanto, con otros hombres buscamos un lugar aparente para extraer la arcilla para fabricar los adobes.  Un carpintero se encargó de los moldes, y otro grupo se puso a recolectar paja para los adobes y piedras para los cimientos. A medio día llegaron las mujeres con sus ollas de comida.  Al poco rato llegó el tractor y bajo mi dirección realizó el corte y relleno del terreno hasta dejarlo completamente plano.  Ya se había comenzado la construcción de adobes. Con mi teodolito y una wincha, marqué con yeso el perfil de los cimientos.  Dejé encargado a Rojas, el maestro albañil, la dirección para la excavación y relleno de los cimientos, así como de la fabricación del número requerido de adobes, y nos citamos con el Sindicato para dentro de cuatro días. Me retire, cansado pero contento a la oficina.  Mientras estábamos tomando un café reparador, me llamó mi chofer, mi compadre Juan Quintanilla.
- Inge, hay unos señores que quieren verlo.
Eran cuatro individuos, mal encarados y se notaban que no eran de la zona.
- Tenemos un encargo para usted, ingeniero - y me alcanzaron un papel doblado. “Benjamín, necesito una camioneta en Echarate para esta noche, urgente.” Firmaba el Comandante Gallegos, Jefe Inteligencia.  Abajo decía:  “Juan, dale la camioneta con chofer a los portadores de la presente.  Mañana a primera hora te la devuelven”. Firmaba Benjamín Samanéz, mi jefe.
Sin sospechar nada di la orden a Quintanilla entregándole la camioneta a los militares (ahora estaba seguro, del SIN).
Al día siguiente, llegamos con Arturo y Sonia al Platanal. Nos recibieron los del Sindicato, muy contentos. Había una buena cantidad de abobes, para medio día estarían terminados.  El maestro Rojas estaba dirigiendo el vaciado de los cimientos.  Todo marchaba bien. Me despedí: - Nos vemos el viernes.
Avanzamos un trecho y me acordé de Daniel.
- Compadre, paras donde Daniel, que quiero saludarlo.
- No Inge, mejor no.
- ¿Qué pasa, tocayo? ¿Por qué no quieres llevarme?
- Seguro que no está.
- ¿Tú cómo sabes?  ¡Vamos no más!
Llegamos, me bajé, la puerta estaba abierta, llamé, volví a llamar más fuerte, no contestaron, entré.  Recién reparé en el desorden, todo estaba movido.  Intrigado y un poco asustado, revisé las habitaciones.  No había nadie.  Al fondo de la casa había un matucancha, un área con piso de cemento para el secado de la coca.  Una mancha oscura, como si hubieran arrastrado algo mojado, legaba al borde del matucancha, al huerto.  Regresé a la camioneta.
- Juan, vas a decirme qué sabes de lo que ha pasado.
- No sé nada, Inge.
- No me engañas.  Habla.
- No puedo, Inge.  Me han prohibido.
- Tú eres mi compadre. Tienes que contarme, si no tendría que denunciarlo a la policía y contar esto en la oficina.
- No Inge.  No debe hacer eso. Le voy a contar.
- No voy a repetirlo, habla sin temor.
- Los tipos de anoche eran del Servicio de Inteligencia. Anoche me hicieron traerlos aquí, rodearon la casa y entraron con sus armas listas a disparar.  Después empecé a escuchar gritos y llantos y por curioso, me acerqué a mirar.  Estaban torturando a Daniel. Uno agarraba a su mamá, doña Lucía. Dos lo tenían amarrado, cogido de los brazos y metían una y otra vez su cabeza a un balde de agua, cuando estaba por ahogarse la sacaban y el jefe preguntaba: ¿Dónde están las armas, habla?  Daniel no quiso hablar y cambiaron de tortura. Lo agarraron entre tres y el jefe empezó a levantarle las uñas con un desarmador.  Daniel gritaba y gritaba hasta que se desmayó. Le echaron agua a la cara hasta despertarlo.  Su mama tenía un pañuelo metido en la boca y solo se oían sus gemidos, pero la tenían agarrada. Siguieron torturándolo pero no habló.  Entonces uno de ellos le dijo algo al oído al jefe y se pusieron a reír. Fueron donde estaba doña Lucía y le quitaron el pañuelo de la boca y la ropa; dos la sostenían mientras el otro la violaba. Parecía el infierno, dos gritaban y cuatro reían.  Daniel no pudo más y empezó a hablar: “Las armas están enterradas entre los dos mangos del huerto.  El jefe volteó hacia mí y me dijo: - Tú tienes una pala y un pico en la camioneta (todos los llevábamos, por los atascones en el barro), rápido, tráelos. ¡Y no has visto nada, sino te mueres! ¿Entiendes? - Tuve que obedecerles, desenterraron las armas y las subieron a la tolva. Regresaron a la casa y siguieron violando a doña Lucía. Sus gritos eran desgarradores, para hacerla callar le metieron el palo de la escoba empujándolo una y otra vez en su vagina. Daniel dio un solo gemido y quedo quieto. Cuando terminaron llevaron los cuerpos al hueco entre llos mangos y los tiraron, doña Lucía todavía se movía cuando echaron la tierra encima y los enterraron. Cuando los dejé me volvieron a decir: -“Si hablas, mueres”.
Estaba desolado.  Llegué a Quillabamba y sin hablar con nadie me encerré en mi habitación.
¡Esa era la Democracia de Belaunde! Un quijote soñador de presidente.  Fue mi profesor en la Universidad y todavía recordaba sus sentidos discursos. ¿Acaso sabía lo que estaba pasando?
Al día siguiente me enteré de que Avelino había sido apresado, acusado de apoyar a las guerrillas (traición a la Patria con pena de muerte).
En la casa de Avelino habían encontrado un almacén con víveres, que según él era de las cooperativas. En realidad, ayudaba a De la Puente, jefe de las guerrillas del MIR, pero de forma personal, nunca quiso comprometer a los campesinos del Sindicato.
 Cuando encontraron por el lugar unas pintas de color naranja de la hoz y el martillo, Edo explicó que era una broma de la gente de la brigada de Távara que fueron a hacer un levantamiento topográfico a pedido de unos ganaderos de Chaullay para solicitar las tierras y aprovechar los pastos, todo ello con la autorización del Ingeniero Samanéz.
Cuando capturaron a Avelino Mar lo subieron a un helicóptero y lo obligaron a propalar por un parlante que estaba en desacuerdo con la lucha armada del MIR. Lo hizo para evitar represalias contra el Sindicato.
Muchos años después me enteré de la muerte de Avelino.  Había sido  indultado por Velazco y continuó su labor organizativa fundando la Liga Agraria de la Convención y Lares y la Federación Agraria Revolucionaria Túpac Amaru. Tenía un apodo que proclamaba su honradez:  “Manos Limpias”. Era muy querido por todos los campesinos. Luego fue Presidente de la Confederación Nacional Agraria.  Fue elegido Constituyente como independiente en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1979, año en que se casó con Luz Marina Figueroa, socióloga limeña que tuvo que romper con su familia para casarse con un dirigente campesino. Regresó a la agricultura, en su predio de Huayopata dedicándose a ella y a su primer hijo nacido con el síndrome de Down a quien adoraba. Un tumor maligno acabo su vida el 28 de mayo del 2005.
Yo estaba en Lima cuando, manejando mi carro en la Av. Alfonso Ugarte, cerca de la Plaza Bolognesi y la Plaza Jorge Chávez, me enteré de su muerte.
Bolognesi, “hasta quemar el último cartucho”, Alfonso Ugarte y el morro de Arica, Jorge Chávez “arriba, siempre arriba”, Leoncio Prado morir con una taza de café en la mano”.  Esos no son mis héroes, pensé, son “figuretis”, héroes fabricados para sostener un falso patriotismo: un detalle elegante graba su memoria para la posteridad.  ¿Y mi amigo Daniel? ¿Y Avelino Mar, “manos limpias”, que dedicó su vida a buscar justicia para los campesinos?  ¿Acaso solamente fueron soñadores?
Shakespeare lo dijo: “El hombre está hecho de la misma materia que sus sueños” y sus sueños fueron la justicia y la paz, la equidad, la felicidad de sus hermanos.
Gracias Avelino, honor y gloria a tu memoria.

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