29 ene 2012

La llorona


La Llorona
¿Tienen vida propia mis manos,?
Pese a mis 17 años, mis manos tenían el dorso arrugado, curtido por la sal y el sol, cubierto de cicatrices.  Había estado observando las manos de mis amigos y todas ellas eran lisas, delicadas. 
Sin embargo, me gustaban mis manos.  Sensibles para la pesca al cordel, para la búsqueda de peces, cangrejos y pulpos  escondidos bajo las rocas.  Yo era un “avis raris” en mi grupo de jóvenes que veníamos año tras año a vacacionar a las playas de Tortugas.  A diferencia de ellos, me gustaba la soledad de las largas caminatas por las playas vecinas, de las esperas sentado en las rocas o en el muelle, mar afuera, pescando,  en la caza de pulpos y cangrejos.  En los atardeceres, amistosos pero furiosos partidos de fútbol, en las noches lánguidas conversaciones en grupos de chicos y chicas, caminando en la playa o sentados alrededor de fogatas.
Esta mañana había encontrado una gran roca a pocos metros de la orilla y decidí buscar peces, cangrejos y eventualmente pulpos escondidos en sus oquedades. Me sumergí y empecé la búsqueda.  De pronto me encontré con un enorme pulpo alojado en una grieta, a metro y medio bajo el agua. El pulpo estaba en posición de caza, cuatro tentáculos con las ventosas mostrándose agresivas, dispuestas a pegarse a cualquier objeto al primer roce y rodearlo, abrazarlo, atraerlo hacia el centro de los tentáculos  donde estaba su boca provista de un duro pico con el que cortaba e ingería pedazo por pedazo a sus víctimas.
Dejé atrapar mi mano, ofreciendo poca resistencia, la suficiente para que no llegue a su boca.  Con la otra mano comencé a despegar los tentáculos y la lucha cobró forma: el pulpo comenzó a jalar con más fuerza y yo a resistirme mientras trataba de despegar los tentáculos que lo sostenían a la roca.  Poco a poco iba ganándole la batalla.  Cuando el pulpo se sintió perdido, soltó su tinta oscureciendo las aguas para poder huir. En el momento que se soltó para escapar nadando, lo cogí por la cabeza que tiene un pliegue donde metí mi mano, quedando a mi merced.  Salí del agua, sin embargo sus largos tentáculos seguían adheridos a mis brazos, a mi pecho, pero liberando una mano pude poco a poco desprenderlos todos. 
Procedí a golpear al pulpo contra la superficie del mar; era un hermoso ejemplar de un metro.  Con los golpes, fue perdiendo fuerzas hasta quedar, lacio, moribundo.  Abrí mi bolsa de mariscos y lo deposité.  Me lave la sustancia gelatinosa de los brazos y pecho con agua marina, me senté en una roca, y quedé mirando mis manos heridas en la lucha por las rocas.  La sal cicatrizaba los cortes, diplomas de mi cacería.
¿Piensan mis manos? Las sentía agradecidas, felices de entrar en acción, adoloridas pero contentas.
- ¿Estás enamorado de tus manos?
Era Lida, la hija del alcalde, a sus 20 años la naturaleza la había dotado de un rostro bello y su bien torneado cuerpecito la había convertido en el personaje de nuestros sueños eróticos.  Sin embargo la mirábamos de lejos y en nuestras reuniones de playa, era motivo de conversación de los chicos y celos rabiosos de las chicas.
- Hola, eres Lida, ¿no?
- Sí, y tu ¿cómo te llamas?
- César.
- Te vi mientras cazabas tu pulpo.  Ya me iba a pedir ayuda; has estado más de 2 minutos sumergido, creí que te habías ahogado.
- No, lo que pasó es que me tocó un pulpo difícil.  Grande y combativo.
- Todavía tienes marcado las huellas de sus tentáculos en el pecho y los brazos. ¿Es que no tienes miedo?
- Cuando sentí que me succionó con los tentáculos, me dio algo de temor, pero cuando acepté el desafío, todo se borró.  Solo quedamos el y yo en el universo, era una pelea de vida o muerte.
- ¿Y porqué practicas algo tan peligroso?
- No sé.  Será porque me gusta.
- Tienes heridas en las manos, ¿no te duelen?
- Es del roce con las rocas en la pelea.  No me duelen, aunque afeen mis manos.
- A mí me gustan tus manos.
- Son feas, Arrugadas, toscas, llenas de cicatrices.
- Son hermosas.  Están llenas de vida, no son cicatrices, son medallas al valor.
- Para tener valor hay que tener miedo y vencerlo, y yo no tengo miedo.
- ¿No te asusta la oscuridad? ¿Lo desconocido?
- La oscuridad, no.  Lo desconocido me atrae.
- ¿Y los fantasmas, los espíritus?
- Tendría que verlos.
- ¿No te asusta “la llorona”
Pegada al mar, había una franja de unos 300 metros de largo, ocupada por el antiguo cementerio del pueblo.  Contaban que desde 3 meses atrás, habían visto los viernes en la noche a una dama de blanco paseando por el cementerio, llamando con lamentos a los que se acercaban.  Contaban que a todos los que la habían visto les había ocurrido una desgracia, por lo que nadie se acercaba a esos lugares en esos días. 
- No creo que exista, en todo caso, no me asusta.
- Te la das de valiente.  Hoy es viernes, te apuesto que no eres capaz de pasar a las 12 de la noche por el cementerio viejo.
- ¿Por qué  lo habría de hacer?
- Por un premio.  Te doy un premio si ganas y me das un premio si pierdes.
- Acepto.  Esta noche iré.
- ¿Palabra de honor?
- Te doy mi palabra.
Nos despedimos con un apretón de manos sellando la apuesta.
Llevé mi presa a casa donde mamá preparó un delicioso “Pulpo al Olivo” disfrutado por toda la familia.  En la tarde fútbol, en la noche fogata con cuentos de horror.  Por supuesto no faltó la mención de “la llorona”.  Estaba un poco inquieto.  No creía en el “daño”, malojo o mala suerte que pudiera darme el ver a la llorona, pero tenía un poco de temor y mucho de curiosidad.
Cercana la media noche, me puso una chompa y me dirigí al cementerio antiguo.  Fui por la playa hasta un sendero que subía unos metros a la pequeña loma donde estaba el cementerio y me escondí tras una tapia para esperar la medianoche.
La luna estaba en cuarto menguante y negros nubarrones oscurecían el cielo, dejando el cementerio casi en tinieblas.  Me puse a meditar aspirando profundamente el agradable aroma de la fresca brisa marina. De pronto, entre las tumbas apareció una figura cubierta hasta los pies con una tela blanca, caminando de un lado a otro del cementerio y dando leves gemidos.
Un escalofrío recorrió mi espalda, respiré hondo para tranquilizarme.  No era un espíritu, el porte y la voz era de una mujer, pero ¿qué sentido tenía todo esto?
Seguí oculto tratando de entender, cuando un ruido distrajo mi atención.  Un bote a remos, con hombres y bultos  estaba llegando a la playa.   Comprendí de golpe: ¡Contrabando!
De una cueva cercana, a unos 50 metros de donde yo estaba, salieron 2 hombres y ayudaron a desembarcar la mercadería y llevarla a la cueva. Terminando, los hombres subieron al bote y se alejaron de la orilla, hasta que la oscuridad los cubrió.
La llorona era “la campana” que avisaba si alguien venía y a la vez aprovechando la credulidad de los sencillos pobladores, los asustaba para que no se acerquen al lugar.  Pasó cerca a mí, que seguía oculto, bajó a la playa y entró a la cueva. 3 hombres salieron de la cueva cargando bultos, seguramente cigarrillos y licores.  Pasaron por mi lado y se alejaron.  Esperé que saliera la llorona, hasta que no pudiendo más con la curiosidad, me acerqué cautelosamente y entré.  Me encontré frente a frente con ella.
Cayó su manto y apareció bella, majestuosa, sensual… ¡la hija del alcalde!
- ¡Lida!
- Sabía que vendrías, te estaba esperando.
Sonriendo se acercó a mí y me beso.  La besé.
- Ganaste tu regalo - se abrazó a mí y con una sonrisa pícara, dijo:
- ¿No lo desenvuelves…??

25 ene 2012

Y pensar que 20 años no es nada...



Y pensar que 20 años no es nada…

Como dice el tango, volver.  Volver a San Ramón, pequeño pueblo de ceja de selva, sencillo y amigable, cuna de colonos y aventureros, convertido ahora en un emporio, centro comercial de los valles cercanos.
Viví allí hace 2 décadas, como jefe de la Oficina de Tierras de Montaña.  Me encontré con colonos de la sierra que escapaban de las comunidades superpobladas y del abuso de las empresas mineras que los esclavizaban para botarlos, enfermos de los pulmones, de la sangre, por los efluvios minerales tóxicos. Colonos citadinos buscando el dorado, tierras ubérrimas en las cuales hacer crecer su riqueza, hombres con sus sueños a cuestas. 
Llegué con mi esposa, compañera de viaje en esta vida aventurera, y la llevé al mejor restaurante que encontré, en la plaza principal.  Nos sentamos a esperar atención.
Se  acercó con la carta una hermosa mujer, me pareció conocida.  Me miró a los ojos, y empecé a recordarla.  Me puse de pié.
Sin decir palabra, me abrazó fuertemente. Un abrazo largo y silencioso.  Después acercó mi cabeza a la suya y me besó en la mejilla.  Se retiró con lágrimas en los ojos, sin decir palabra.
Mi esposa me miraba sonriente. 
- ¡Caramba! - me dijo - Parece que tienes algo que contarme, ¿no?
Yo estaba emocionado mirando a la mujer que habló con dos muchachas, muy parecidas a ella, probablemente sus hijas, y luego se retiró a la cocina.
- Sí, muñeca – así le decía por cariño -  después te cuento.
Sonrió comprensiva mientras yo, mirando nada, me hundía en mis recuerdos.
En San Ramón, el Alcalde, el Comisario y yo, éramos las autoridades locales.  Reuniones casi diarias en La Oficina, pequeño y acogedor café-bar, donde comentábamos las ocurrencias locales: las aventuras del Padre Sergio  y su mujer la profesora de Pampa Walley,  el gringo Larry y el infarto volando su avioneta, Damián, el español, civilizado por los campas, el turista que desapareció en el Convento (burdel del pueblo), la Gata, pequeña y arisca prostituta que los muchachos llevaban al río…
- Señor, mi mamá les invita esta cena.  Está preparando algo especial para ustedes.
Una de las muchachas se había acercado, preparando la mesa.
- Muñeca, te voy a contar algunas cosas de este pueblo. Primero, el romance del Padre Sergio y Pamela.
- ¿Cómo, un cura con mujer?
- Sergio y Pamela eran algo más que eso.  Pamela era maestra en la escuela, pero también era enfermera.  Cuando llegó el cólera al pueblo, ellos organizaron un pequeño hospital y atendieron con mucho sacrificio a los enfermos hasta que pasó la epidemia. También establecieron y atendían un pequeño asilo de ancianos y un comedor para pobres.  Pamela era la maestra más querida en la escuela y Sergio un sacerdote muy respetado y querido por sus feligreses. Cuando Pamela se fue a vivir con Sergio, el pueblo lo aceptó, y se puede decir que se alegró por ambos.  Cuando la Curia envió a un sacerdote para reemplazar al Padre Sergio, el pueblo se opuso en masa, a tal punto que la Curia tuvo que cerrar los ojos y dejar las cosas como estaban.
- Pero… La Iglesia es muy exigente en eso…
- Te equivocas. En el mundo rural, es muy común ver casos como este. La iglesia, simplemente, cierra los ojos ante una realidad que no puede cambiar.  Como el caso de Damián.
- ¿Quién es Damián?
- Un colono español, amigo muy querido.  Compró una hacienda poblada por nativos campas, con el afán de civilizarlos y convertirlos al cristianismo.
- ¿Y cómo lo hizo?
- No lo hizo.  Fue conquistado por la cultura de los Ashaninkas campas, adquirió sus usos y costumbres, respetó sus creencias y terminó tomando a una campa como compañera.
- Me suena como alguien muy primitivo.
- Todo lo contrario.  Era de una familia noble en España, ingeniero químico, luego oficial de la Marina, aventurero en Brasil y terminó acá como colono.  Teníamos gustos comunes, como la buena lectura, la música clásica, la filosofía…
- Me gustaría saber más de él, parece que tuvo una vida fascinante.
- La primera vez que lo vi fue cuando fui a inspeccionar su predio.  El gringo Larry me llevó en avioneta hasta Puerto Bermúdez.  A medio vuelo, a Larry le dio un infarto, aterrizamos de milagro.
- ¿Murió?
- No, descansó por 3 meses y siguió dando servicio.  Era un norteamericano embrujado, enamorado de la selva.  Quería morir aquí.
- Llegamos a la hacienda de Damián, y allí estaban Sergio y Pamela curando a unos enfermos.  Esa pareja iba donde la necesitaran, eran apóstoles dedicados a desparecer la maldad, la ignorancia, las enfermedades.
- ¡Tienes que llevarme a su hacienda!
- En el pueblo, había un minusválido. Le decían el Peludo.  Era oligofrénico y rengo. Su facha era desastrosa; sucio, mal vestido y con el pelo largo mal afeitado. Pero como zapatero era excelente.  Había heredado el puesto de su padre y aprendido a confeccionar y componer zapatos.  Como era medio tonto, la gente abusaba y le pagaba lo que quería.
También había en el pueblo una chiquilla huérfana, sin hogar que dormía donde encontrara abrigo y comía de limosnas o los centavos que les daban sus abusadores. Le decían la Gata, porque se erizaba como una gata cuando alguien se le acercaba.
- ¿Cómo, era prostituta?
- Los muchachos del pueblo, la llevaban al río y abusaban de ella.  Nadie decía nada, porque eran hijos de gente notable, pero un día, un vecino entró a buscar al Peludo en su casa y lo encontró encima de la Gata, y armó un escándalo.
- ¿Y qué le hicieron?
- Lo sacó a golpes a la calle llamando a otros vecinos. Lo corrieron hasta que llegó frente a mi casa, tropezó y cayó tendido en el suelo.  Allí empezaron a patearlo y tirarle piedras, gritando ¡violador, abusador de niñas!...
-¿Tú que hiciste?
- Corrí a defenderlo.  Lo recogí sangrante, increpé a la gente por su odio. Lo llevé a mi casa y lo tendí en mi cama.  El pobrecillo balbuceaba aterrado, mientras yo fui a buscar ayuda.
- ¿Quién te iba a ayudar en un caso así?
- Sergio y Pamela.  Les avisé y les di la llave de mi casa mientras buscaba al Comisario.  Encontré al comisario en el bar, tomando café con el Alcalde.  Les conté lo ocurrido y me siguieron a la casa.  Cuando llegamos, Sergio me esperaba en la puerta.  Había encontrado a la Gata lavando las heridas del Peludo (ni sus nombres sabíamos), se había introducido trepando la pared del patio trasero y lo estaba atendiendo con solicitud y cariño.
- Pamela está adentro con  la Gata curándole las heridas al Peludo - nos dijo.
- ¿Y que pensaban el Alcalde y el Comisario?
Nos quedamos conversando en la sala.  El Alcalde estaba indignado:
“Ya era hora de acabar con la prostitución callejera”,  el Comisario bufaba: “Hay que darles una lección a estos violadores”.
- ¿Tú que pensabas?
- Yo discrepaba de ambos.  Les dije: “Violadores son sus hijos, ¿es que no saben que es llevada al río por la fuerza y violada por pandillas donde están sus hijos. ¿Cómo que prostituta? La chiquilla no tiene más de 12 años, huérfana desamparada en un pueblo que no tiene compasión ni una autoridad que la ampare!  El Padre Sergio, que había estado escuchando, entró al dormitorio a ver a la víctima.
- Pero Sergio, tan buen cura, ¿no dijo nada?
- Saqué una botella de ron y serví tragos, y luego seguimos discutiendo.  A la media hora, regresó Sergio y nos habló:
- He estado conversando con nuestro zapatero, que se llama Fernando y con la pequeña, que es Carmen.  Fernando es un alma de Dios, fronterizo, oligofrénico, esto es con una inteligencia muy pobre.  También hablé con Carmen, niña huérfana que desde los 7 años ha vivido en la calle, víctima de borrachos y viciosos, alimentándose de limosnas.  Es una niña inteligente y de mucho carácter.  Su relación con Fernando ya es de semanas.  Los dos han confesado que se quieren.  Carmen me pidió que los case. Los he casado, ahora son marido y mujer, para los cuales pido respeto y protección.  Usted Comisario y usted Alcalde, tienen hijos que están en la pandilla del pueblo.  No quiero saber de un abuso más contra esta niña, digo señora, porque los denunciaré ante mis feligreses y sus superiores.
- ¡Fabuloso! ¿Qué pasó después?
- Todo cambió, cuando la gente se enteró de la historia, se encariñaron con la pareja.  Carmen se convirtió en toda una señora, mantenía limpio y bien presentado al marido, arregló su casa, aprendió a cocinar, puso un pequeño expendio de sánguches…  Estaban progresando cuando salí del pueblo.
- ¡Que historia más tierna, me gustaría conocerlos!
- Ya conoces a Carmen, ella es la que me abrazó… ¡No llores muñeca…!

20 ene 2012

La Bomba



La Bomba
1986.   Mi jefe, el Contralor, me había dado un permiso excepcional en atención a un pedido de la OEA, para un trabajo en Venezuela y regresé, luego de trabajar por 3 meses como consultor en el apoyo del OEA al Gobierno Venezolano.  A mi regreso, con los dólares ganados en el bolsillo, me compré dos cosas que estaba queriendo desde hace mucho tiempo: un piano de cuarto de cola y una camioneta Hillman Station Wagon. La equipé con una radio Blaupunk antigua comprada en nuestro mercado de pulgas limeño: Tacora.  Con Pepe, mi cuñado, éramos amantes de las antigüedades y frecuentábamos Tacora y la Casa de Remates en amigable competencia, en busca de gangas. 
Vivir en la Lima de 1986 no era fácil. Los atentados terroristas como voladuras de torres de transmisión de energía, provocaban frecuentes apagones en Lima. En julio, en vísperas de fiestas patrias, explotaron bombas incendiarias en los hoteles Sheraton, Crillón y Bolívar. Bombas en agencias bancarias y establecimientos comerciales, atentados en casas de funcionarios, y otros actos terroristas que cobraron muchas vidas. Se estableció el estado de emergencia y el toque de queda.  A las 20:00 horas todo el mundo se retiraba a sus hogares, prohibida la circulación por las calles.  En emergencias se salía con la luz interior del auto prendida y una bandera blanca por la ventana.  Había una sicosis colectiva.  En las noches, a veces se escuchaban los bombazos lejanos y rogábamos para que ningún conocida hubiera sufrido daño.
Sin embargo, la vida continuaba.  Mi trabajo como sub-gerente de Informática en la Contraloría General de la República me daba muchas satisfacciones.  Si trabajas en lo que te gusta, este se siente como una gratificación, no como una carga.
La primera semana de Agosto viajé a la oficina luciendo mi flamante camioneta.  En el camino encendí mi hermosa radio alemana Blaupunk para escuchar las noticias: “en los centros penitenciario de Lurigancho y de la Isla “El Frontón”,  más de 200 internos acusados o sentenciados por terrorismo perdieron la vida durante los motines del mes de por el uso deliberado y excesivo de la fuerza  contra  los reclusos, que una vez rendidos y controlados fueron ejecutados extrajudicialmente por agentes del Estado.”
Llegué al edificio del banco Continental en el Jirón Lampa, donde estaban las oficinas del banco en los cuatro primeros pisos y la Contraloría en los pisos altos.  Ya era cerca las 08:00 horas, estaba llegando un poco tarde y tuve que soportar la espera, bocinazos y algarabía por todos los automovilistas que queríamos estacionar en los sótanos.  Mi sitio reservado estaba en el tercer sótano así que demoré en estacionarlo.  Cerré la puerta del auto con llave y subí apresurado al décimo piso, donde trabajaba.
Yo estaba absorto revisando unos papeles, cuando sentí que me tocaban el hombro.  Era el Contralor acompañado por un Capitán de la policía, ambos muy serios.
-    Juan – el Capitán Rodríguez te necesita, ve con él.
-    Mucho gusto Capitán, ¿para qué soy útil?
-    Ingeniero, necesito hablarle, acompáñeme.
Salimos del edificio y me sorprendió ver unas 100 personas en la acera del frente, conversando animadamente, mientras más gente salía del Banco.
-    ¿Qué está sucediendo? – le pregunté.
El Capitán me hizo entrar y sentarme con él en su camioneta y me respondió.
-    Estamos haciendo un simulacro de sismo para sacar a la gente del edificio.  Lo que sucede que tenemos una alarma de bomba  y estamos esperando al Teniente Lizárraga, nuestro experto en desactivación de artefactos explosivos.  En la Comandancia están muy preocupados,  este sería el quinto atentado a Bancos en menos de dos semanas. No sé cómo se nos logra filtrar tantos terrucos.
-    ¿Y qué tengo que ver yo en este asunto? – pregunté.
-    ¿Tú tienes un Hillman blanco en el tercer sótano, nó?
-    Sí…
-    Pues le han clavado una bomba.  Te llamamos para que nos abras el carro y nos ayudes buscando el artefacto. Tu conocen bien tu carro.
En ese momento llegó corriendo el Teniente Lizárraga, se presentó ante nosotros y el Capitán lo puso al tanto del problema.  Nos encaminamos los tres al lugar del peligro.  Recién me di cuenta de la importancia del hecho al ver tantos policías; 10 en camino al tercer sótano y 20 dentro del sótano, con escudos protectores, escondidos tras los otros autos estacionados, todos mirando mi Hillman.  Una terrible sospecha acunó en mi mente. 

-    ¡Todos en silencio! – gritó el Capitán. - ¿pueden oír el reloj de la bomba?
-    Tac… tac… tac… tac
Los terroristas construían sus bombas caseras con dinamita o anfo y el dispositivo explosivo estaba conectado a un reloj despertado donde la manecilla, al llegar a determinada hora, hacía contacto eléctrico provocando la explosión.
-    Capitán, ¿qué le parece si acompaño al Teniente?
-    ¡Claro! Para eso lo traje. ¡Vayan de inmediato, apúrense que no sabemos cuánto tiempo nos queda!
En el camino conversé con el Teniente sobre mis sospechas.  Llegando al vehículo el teniente se deslizó boca arriba bajo la camioneta  para buscar la bomba.  Yo subí al carro y estuve pensando un minuto… El domingo había llevado en mi Hillman a mi familia a la playa La Herradura escuchando música por la radio.  Cuando pasamos por el túnel calló la música y solo se escuchaba: “Tac,… tac,… tac…”.  Mis hijos comenzaron a reírse de mi radio; tenía tan poca potencia el pobrecito.
Apagué la radio y cesó el ruido.  Se escucharon afuera los suspiros de alivio y aplausos de más de veinte soldados que habían pasado momentos de verdadera tensión.
-    Teniente Silva, corra y dígale al administrador que suspenda el simulacro de sismo.  Ya todo está arreglado. Se acercó a nosotros. Teniente Lizárraga, cuénteme como ha sido la cosa.
-    Falsa alarma capitán – (al oído y en voz baja) – El ingeniero había estado escuchando su radio y cuando bajó al tercer sótano, se perdió la señal pero quedó sonando ese tac, tac, tac que alertó a todos.  Es una radio antigua mi Capitán.  Cuando apagó la radio cesó el sonido.
-    ¡Mierda!
Bajó corriendo un policía para darle un mensaje al Capitán.
-    ¡Mi Capitán, el General Gómez lo está esperando al teléfono en la oficina del Administrador!
-    ¡Mierda!
Subimos y nos encerramos en la oficina mientras hablaban.
-    A sus órdenes mi General.
-    Capitán Martínez, ya el administrador del Banco me ha comunicado que se ha conjurado el peligro.  Lo felicito, ya me entrevistó la prensa y les he comunicado el éxito en la desactivación de la bomba.  Estábamos muy preocupados por tantos atentados del MRTA y Sendero Luminoso.  He ordenado que mi felicitación se incluya en las hojas de servicio de ustedes dos.  Ahora quiero que se venga a mi despacho sin dar declaraciones a la prensa… ¡Inmediatamente!
-    ¡Pero, mi General…!
-    ¡Sin peros!  Las órdenes se cumplen…
-    …sin dudas ni murmuraciones, mi General.
El Capitán quedó pensativo.  Estábamos conscientes de lo que había sucedido.  Estábamos en problemas, a no ser…
-    Teniente Lizárraga – dijo el Capitán.  Lo felicito por su maestría al haber desactivado esa bomba en el carro del Ingeniero.  Cuando lleguemos al cuartel quiero que entre al laboratorio y me escriba un informe completo, indicándome las características de la bomba, su alta peligrosidad y su gran potencia que podría haber volado medio edificio…
-    ¡Pero,…  cuál bomba mi Capitán…?
-    Sin peros Teniente.  Las órdenes se cumplen…
-    …sin dudas ni murmuraciones, mi Capitán.
-    Y usted Ingeniero, ¿supongo que no va a alterar mi historia?  Si lo hiciera podría ser acusado de ser colaborador de los terrucos…
-    ¡No Capitán!  Me gusta su historia…
Nos miramos serios, los tres, y de repente… soltamos una carcajada al unísono. 
Yo,… hasta ahora me estoy riendo.

16 ene 2012

El estudiante de medicina


El estudiante de medicina

Él era estudiante de medicina.  Combinaba los estudios con el trabajo de taxista.  No se podía quejar, sus ingresos sumados a los de su mujercita que trabajaba de secretaria, les permitían pagar el alquiler de una casita y tener sus comodidades.  Estaba saliendo de clases en la facultad y su preocupación era realizar un estudio anatómico sobre los riñones.  A pesar de tener ilustraciones detalladas de los órganos del cuerpo humano, esto era insuficiente, tenía que diseccionar un órgano.
- Felizmente puedo acudir al forense – pensó.  
Como médico encargado de autopsias, el médico forense vendía órganos humanos a los estudiantes de medicina. Fue a la Morgue y convino con él la compra de los riñones de un indigente no reclamado.
Trabajó el taxi hasta las 12 de la noche, hora en que pasó por la Morgue.  El forense lo estaba esperando con los órganos en una bolsa.  Entregó los 60 soles pactados y recibió una bolsa con dos riñones, según lo acordado.
Cuando llegó a  casa, su mujercita lo estaba esperando.  Le dio un beso y guardó la bolsa en el refrigerador mientras su mujer le preparaba la cena.
Como ya era sábado y no había trabajo, después de comer vieron una serie por televisión, luego se acostaron e hicieron el amor. Quedó dormido abrazándola, agradeciendo a Dios el cansancio de un día bien vivido.
Al día siguiente se levantó tarde, después del desayuno aprovecho para ver fútbol en televisión, mientras su mujercita cocinaba.
El almuerzo fue una sorpresa, le había preparado una parrillada.
Abrió una botella de vino y celebraron felices saboreando las ricas carnes y  hablando de sus trabajos, comentando noticias y chismes familiares.
-          Primera vez que preparas una parrillada, amor.
-          Mi abuelo era fanático de las parrilladas. Todos los sábados invitaba a parientes a comer parrillada a su casa.   - ¿Te gustaron los riñoncitos?  Use la receta de mi abuelo macerándolos con coñac.
-   …¿Los riñoncitos…?
-  Sí, los que trajiste anoche y guardaste en el refrigerador.
-   ¡¡¡¡ … !!!

3 ene 2012

La Maleta

La maleta

e-mail recibido
Hada Gallo
29 Dic 2011 - 15:17 (hace 3 horas)

Estimado amigo Juan:
Primero mis disculpas por no haber dado las gracias por sus envíos y además agradezco sus felicitaciones navideñas y de año nuevo. Estoy muy reconocida que se interese por esta vieja, con mis 83 años, que espero alargarlos hasta los cien.  Pero usted no está tan jovencito, apenas le llevo 10 años…
Para mí es un misterio como nos conocimos.  Mi prima Regina tiene una amiga Anita que le pasa emails y ella me los pasa a mí,  Viendo el origen de los mensajes encontré su nombre y correo electrónico y me comunique para agradecerle.
Usted se enteró de mi origen, mis ancestros revolucionarios, mis luchas y prisiones en Cuba, y me animó a contarle mi vida.  Por casualidad descubrí el Chat y recién chateando nos hablamos y miramos las caras.  Es Ud. Un buen amigo, Juan.  Yo creía que Ud. Estaba en Miami como yo, y no el Lima, Perú. Así mismo usted me creía en Cuba.  ¡Qué sorpresas nos da la Internet!
Me gustó mucho el pogüerpoin  (¿así se dice?)  que me envió que se llamó “La Maleta”, donde muere un tipo y se encuentra con la muerte que lo acompaña llevando una maleta con sus pertenencias, pero cuando preguntó qué contenía, la muerte le contestó que en la maleta no estaba ni su dinero, ni sus bienes, ni su familias, ni sus amigos, ni sus recuerdos, nada de lo que esperaba llevar a la otra vida. Contenía solamente sus buenas acciones.
Creo que Ud. tiene una conexión muy directa con mi vida, le digo que he comenzado y tal vez he terminado un año bastante atormentado.  Me explico: cuando me mando el tema La Maleta, parecía que estaba Ud. presente en estos momentos pues el señor que solo tenía 76 años y era el que me proporcionaba mi trabajo de secretaria, entró en el hospital y me dio unas vacaciones navideñas.  Yo pensé que regresaría en los primeros días,  pues no, el día de navidad murió.
Su muerte es muy sospechosa, hasta hace 2 meses era un hombre fuerte pero poco a poco ha venido decayendo hasta que le vino esa crisis que lo llevó al hospital.  Tiene un hijo malviviente, drogadicto y jugador, para mí, él lo ha estado envenenando para quedarse con su fortuna.
Mi jefe era bastante posesivo y decía tener mucho dinero y bastantes negocios y curiosamente, en una gran caja fuerte de su oficina tenía una maleta. Cada fin de mes iba al banco y al regreso sacaba la maleta de la caja fuerte y guardaba algo, supuse que eran billetes pero nunca pude ver cuánto, pero revisando sus cuentas bancarias vi que para esas fechas sacaba buenas cantidades de su cuenta corriente. 
En la oficina, creen que toda su fortuna esta en esa dichosa maleta. Pues bien, vino su email de “La maleta” pues sin Ud. saberlo me informó de lo que se iba a encontrar en su ida a esa nueva existencia, pues solo nos llevamos lo que hemos hecho en esta vida, bueno y malo.
¿Qué pasó conmigo?  Me dejó en el aire pero ya encontré alguien que sí me está ayudando a salir con algo mejor.
Su hijo era un ocioso y dado a la mala vida.  Le había puesto un negocio y como era, como le dije, un irresponsable, en vez de entregárselo, quería el también administrarlo y hasta se lo cerró antes de ir al hospital, así que está en la calle y sin llavín.  La muerte de su padre lo convertiría en un hombre rico así que estaba ansioso de abrir el testamento, el cual firmé yo como testigo, sin leerlo, por supuesto.  Hoy día, 31 de diciembre del 2011, a las 10 de la mañana, en la oficina de mi jefe, el abogado leyó el testamento.  A mí me sorprendió legándome 10,000 dólares, a su hijo le dejó la caja fuerte con todo su contenido.  El abogado le entregó las llaves y la clave y el hijo abrió la caja fuerte y sacó la maleta.  Todos estábamos expectantes para ver la cantidad de dinero que había  y ¡oh sorpresa!  Papeles, solo papeles. 
El hijo pegó gritos y maldiciones pues creo, él no esperaba esta sorpresa de su destino.  Empezó a tirar los papeles por todos lados. Por curiosidad recogí algunos cuantos y me puse a leerlos: todos eran recibos de donativos que año a año, mes a mes venía haciendo a diversas organizaciones asistenciales y de caridad, eran como registros de sus buenas acciones.  Sus buenas acciones fue lo único que se pudo llevar a la otra vida.
Diga, Juan, ¿Ud. tiene conexión con nuestras vidas?  ¿Sabía lo que nos iba a pasar?  Sus e-mails nos caen como anillo al dedo, ¿es pura coincidencia?
Mi pregunta no es ofensiva sino curiosa, tal vez para así saber algo que no quiero que sea inesperado para mí.
Mis saludos y mejor año 2012 para todos ahí.

Hada Gallo

31 dic 2011

Pishtacos

Pishtacos


24 de junio de 1999, día del campesino, día de San Juan, el día más frío del año.  En Lacco, pequeño pueblo de Ayacucho, como en toda la región andina, este día se celebra saliendo al campo y encendiendo grandes fogatas (los fuegos de San Juan) que duran toda la noche, alrededor de las cuales se agrupan jóvenes y viejos para escuchar narraciones de historias y leyendas rurales mientras calientan sus cuerpos con el tradicional “quemadito”  (aguardiente con cáscara quemada de naranja) y con las mistelas (vino caliente con  frutas y clavo de olor) calmando su hambre con el cancachu (carne seca tostada), el pushpu (mote de habas), la cancha (maíz tostado) y queso.
Ese día llegan al pueblo los estudiantes, universitarios, trabajadores, profesionales, y otros,  muchos de ellos residentes en el extranjero, en la capital o ciudades importantes, para celebrar la fiesta del pueblo.  Muchos, sobre todos los jóvenes, deseosos de reconocer sus raíces y reafirmar su cosmovisión andina en este reencuentro con su terruño.
En la década del 60, en el Perú habían desaparecido las grandes haciendas y con ello termino el feudalismo.  Anteriormente las haciendas eran explotadas gracias a la mano de obra de los feudatarios, existiendo, rezagos de la colonia, un sistema de explotación irracional y abusivo de los campesinos.
- Abuelo, ¿cuántos años tienes?
El “abuelo” era el patriarca del pueblo y presidía la reunión alrededor de una gran fogata.  A pesar de su avanzada edad seguía trabajando en el campo con una fortaleza envidiable.  Era una fuente inagotable de información, su gran memoria aunada con su facilidad para el relato, hacía de él el personaje central de estas reuniones anuales.
- Yo nací en la época de Leguía, el mejor presidente que ha tenido el Perú, que fue injustamente acusado y condenado muriendo en la pobreza y la ingratitud. Nací en 1930, en La Convención, en una gran hacienda.  Era un feudatario y pagaba mi pongaje al igual que muchos otros.
- Cuéntanos como era eso del “pongaje”.
- Para usar un pequeño pedazo de tierras, los campesinos teníamos que hacer el pongaje 15 días al mes.  El pongo era como un esclavo que servía como peón o como doméstico, controlados muchas veces a fuerza de látigo por el capataz.  La mujer, era mitani, como el pongo.  El patrón la escogía entre las más jóvenes para limpieza, lavado, cocina y, frecuentemente para su placer personal.
- ¿Y cuánto te pagaban por su trabajo?
- Nada.  Nosotros pagábamos además con parte de nuestra pobre cosecha.
- Y las mujeres ¿no se resistían al ser abusadas? 
- El patrón tenía  su propio ejército de matones y controlaban cualquier reclamo con la tortura, hasta con la muerte.
- ¿No denunciaban ustedes esto maltratos a la policía?
- Las autoridades estaban pagadas por el gamonal.  El amo tenía el “derecho de pernaje” que consistía en el derecho de desflorar, quitar la virginidad a las jóvenes.  En una oportunidad, una niña abusada lo llevó a juicio en el Cuzco, pero el juez le dio la razón al patrón y retuvo un tiempo en prisión a la demandante.
- ¿Cómo fue que llegaste a Lacco?
- A los 18 años yo estaba en amores con Imelda, una linda puka-polleracha de 14 años. Una noche que llegaba a visitarla, escuché unos gritos y corrí hasta su cuarto.  Abelardo Mendiola, el hijo del patrón, estaba violando a mi Imelda.  Cuando llegué a defenderla, el capataz que estaba vigilando, me dio un fuerte golpe en la cabeza y me desmayé.  Cuando desperté encontré a Imelda muerta, con el cuello quebrado.  La abracé llorando, no sé cuánto tiempo, hasta que sentir venir gente.  Me asomé a la ventana y vi a la luz de la luna, a unos policías llegando.  Inmediatamente me di cuenta de lo que sucedía: me iban a acusar de haberla matado.  Sin pensarlo dos veces, escapé por la puerta trasera.  Dejé a mis padres y hermanos me seguí alejando, recorriendo pueblos hasta que llegué a Lacco.  Me gustó y aquí me quedé.  Nunca regresé a la hacienda.  Aquí trabajé, hice un pequeño capital y compré unas tierras, me volví a enamorar, tuve hijos, nietos y bisnietos, algunos de los cuales están presentes.  Es la primera vez que cuento mi historia y espero que no se escandalicen.
Los presentes quedaron pensativos.  No se habían imaginado la historia de amor y violencia de la juventud del abuelo, una persona tan sabia y bondadosa. Pasaron las ollas con cancha y queso y la botella con “quemadito” mientras comentaban el relato.  La reunión se fue animando, y llegó la guitarra y la quena y comenzaron los huaynitos.
Huaynitos melancólicos (Adiós pueblo de Ayacucho, Caminito de Huancayo), románticos (Lunarejita, Ojos azules) y pícaros (Picaflor tarmeño,  Puka polleracha) le dieron alegría al ambiente y al llegar las 12 de la noche el natural cansancio los hizo regresar a la fogata y volvieron a correr las botellas de mistela y quemadito.  El abuelo volvió a ser solicitado.
- Abuelo, son las 12, cuéntanos algo de miedo, como para esta noche…
- Bueno, bueno… Les voy a contar una historia que sucedió en este pueblo antes de que tú nacieras.  Se trata de los pishtacos.
- Que son los pishtacos, abuelo.
- En quechua, pishtay significa “cortar en tiras”.  Los pishtacos son bandoleros que andan por los caminos buscando a sus víctimas, hombres o mujeres  solitarios.  Los matan, los cortan en tiras, les sacan la grasa para venderla y hasta se los comen como chicharrones. 
- ¿Se comen los chicharrones?  ¡Huy, que miedo!  Y ¿a que saben los chicharrones? 
- Dicen que la carne del hombre es muy parecida a la del chancho, hasta más rica porque es un poco saladita.
- ¿Tú la has probado abuelo?
- Sí, una vez, pero no les voy a contar cómo. 
- ¡Huy!  ¡Qué miedo, abuelo!  Pero solo son cuentos,… ¿los pishtacos no existen, verdad?
- Bueno, les voy a contar lo que ocurrió hace muchos años.  En los periódicos de la capital salieron noticias espeluznantes.  Habían aparecido pishtacos en esta región.  La gente se asustó.  En Ayacucho, en las noches, la gente hacía rondas, encendiendo fogatas en las esquinas, por temor a la entrada al pueblo de los pishtacos.
- Y aquí, en Lacco, ¿cómo se tomó la noticia?
- También se asustaron, aunque la noticia más comentada era la violación de Silvia, la muchacha más bonita del pueblo, acusando  a Abelardo, el hijo del Prefecto.  Silvia y su hermano Pedro vinieron a pedirme consejo.  Por experiencia sabía que su demanda de justicia no iba a prosperar  y les di otros consejos.  Por supuesto, terminaron acusando a Silvia de haberlo provocado y a él no le pasó nada.  Pedro juró venganza.
- Pero, ¿Qué hubo de los pishtacos?
- ¡Ah!  Sí.  Una semana después Arturo, el enamorado de Silvia y Pedro, dijeron que habían visto rondar el pueblo a un forastero blanco, alto, de ojos azules y con barba, con la cara medio tapada por un sombrero.  La gente se asustó y también pusieron rondas y fogatas nocturnas.  Nadie salía solo del pueblo.  Justo llegaba la fiesta de San Juan.  A Silvia, que me visitaba todos los días, le gustaba mucho conversar conmigo; me dijo que me preparara porque para la fiesta iba a preparar unos chicharrones deliciosos.  Había estado engordando hace tiempo a su chanchito Porkito, preparándolo para este día.  Un día antes, el 23 en la mañana, los encontré a Silvia, Pedro y Arturo que se iban a su huerta, donde tenían a su chanchito Porkito, para beneficiarlo.  Me hicieron prometer que estaría a las 12 de la noche para comer los chicharrones.
- ¿Salieron al campo a hacer fogata, como ahora?
- No.  Esa vez hicimos la fogata en la plaza principal, por miedo a los pishtacos y porque estaba presente el Prefecto.  Su hijo Abelardo no se presentó, seguramente estaba con mujeres y amigos, en una orgía, como acostumbraba.  Además nadie lo extrañó.  Acompañé a los principales - el Prefecto, el Comisario y el Párroco - en el banquete: pastel de papa, rocoto relleno y los exquisitos chicharrones invitados por Silvia. Los principales se dieron un gran atracón alabando mucho a los chicharrones.
- ¿Te hicieron contar historias?
- Sí, y como los pishtacos estaba de moda, conté solo historias de pishtacos.
- ¿Y qué pasó después?
- Nada, seguimos conversando hasta las 3 de la madrugada, cuando todos nos retiramos a dormir.
- Pero la historia no puede terminar allí.
- No termina allí.  Dos días después, encontraron la cabeza del hijo del prefecto en una estaca, cerca del cementerio.  Llegó la policía de la capital para hacer las investigaciones, la víctima era importante: el hijo del Prefecto.  En una cabañita de pastores abandonada, encontraron una lata con manteca humana y una canasta con los huesos y las vísceras, pero extrañamente no encontraron las carnes.  Era un típico crimen de pishtacos.  Se hizo el informe policial y un operativo barriendo el valle con la esperanza que el Pishtaco - tenían su descripción - no se hubiera escapado.  Al final no encontraron nada.
- ¡Ufa, abuelo!  Ahora sí creo en los pishtacos.
- Si quieren convencerse, vayan al cementerio y verán lo que dice una lápida: “A mi amado hijo, Abelardo Mendiola, víctima de los pishtacos”.  El viejo murió un año después, solo y sin amigos.
- ¡Abelardo Mendiola!  ¿No era ese el hijo del patrón, violador y asesino de Imelda, cuando eras joven?
- Sí, por extraña coincidencia, 20 años después de que huí de la hacienda, el patrón fue nombrado Prefecto de Lacco.
- ¿No te reconocieron?
- Para ellos los pongos son invisibles, no tienen identidad ni  rostro.  Quizá ni recordaban lo que ocurrió.
- ¡Abuelo!  ¿No me dirás que tú…?
- Yo no...  Lo juro.  Lo que sí puedo contarles es que un mes después, Silvia se casó con Arturo y nos invitó en su boda un exquisito plato de chicharrones preparado con su engreído Porkito.
- Entonces, ¿los chicharrones de la fiesta de San Juan…?
- Sí, y la verdad es que estaban un poquito salados.

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