Gasolinear
Un bobo es un individuo que se deja engañar
fácilmente.
Si tuviera que hacer una estatua a un bobo haría una
persona con una sonrisa tonta en los labios, la mano en alto despidiendo con
asombro y simpatía al individuo que lo ha engañado y se aleja.
Yo no soy bobo, soy “mosca”, “smart”.
Por eso conseguí este trabajito por tres meses en Caracas, con un buen
sueldo en dólares. Llegué en febrero de 1983, y el 18, el “viernes negro”
ocurrió lo impensable: del gobierno decretó una devaluación traumática del
bolívar del 46.5 %. Por supuesto que,
para mi sorpresa y satisfacción, el poder adquisitivo del dólar subió en
consecuencia.
Cumplí un mes de trabajo y con mis dólares en el
bolsillo me sentí un potentado.
Fui donde mi amigo que vendía un carrito de segunda
mano. Este era un Volkswagen
convertible, parecido al carrito del Pato Donald. 600 dólares y trato hecho. Lo llevé al grifo y pedí tanque lleno. El muchacho de servicio me miró
extrañado. Un peruano en Venezuela tiene
que ir conociendo los usos y costumbres de esa tierra. La gasolina era tan barata que todo el mundo, pagaba un dólar y le llenaban el tánque sin hacer preguntas.

Los
sifrinos[1] tenían un dicho:
“vamos a gasolinear”, esto es gastar gasolina, van dos o tres parejas
“mandibuleando”, comiendo arepas, recorriendo bares, cafeterías, plazas,
playas… gastando el dinero que llegaba tan fácilmente a sus manos y sintiendo
el placer de vivir en una tierra tan rica y próspera.
La
gente era alegre, gustaba del canto, del baile, de la buena comida y bebida. Los hombres se preciaban mucho de su “cultura
alcohólica” (amplio conocimiento de bebidas espirituosas, vinos, whiskys,
vodkas, rones, etc.), las mujeres se ufanaban de su belleza, de su sensualidad,
de sus ganas de vivir y gozar, de dar y recibir placer. Un pueblo libre y feliz.
Un
muchacho sin carro era casi un minusválido, y con él, era un pachá. Por eso me sentí todo un conquistador
mientras manejaba despacio bordeando la vereda.
Fue entonces que la vi: una hermosa muchacha, una sifrina de no más de
20 años, todo curvas ella, morena de ojos verdes, sonriente, sensual,
hechicera. Estaba en la sombra de un
parador esperando el bus. Casi en
trance, estacioné mi carrito y me dirigía a ella.
-
Amiguita, el fiscal de tránsito debería multarte. Con esas curvas tan peligrosas puedes
ocasionar muchos accidentes.
Me
miró coqueta, sonriente.
- Me
parece que eres muy atrevido, gafo[2] – contestó.
- Es
que eres la flor más bella que he visto en estas tierras.
-
Tienes dejo de peruano.
-
Si. Recién llevo un mes acá y necesito
una guía que me haga conocer este hermoso país. ¿Qué estás haciendo? ¿No te gustaría ser mi guía?
-
Estaba esperando el bus para ir a visitar a una amiga.
- Te
propongo una cosa. Te llevo donde tu
amiga, nos juntamos un grupito y nos vamos a “gasolinear”. Yo corro con todos los gastos. Podemos ir a tomar unos tragos, a darnos un
buen baño en Coro y pasear por las dunas, quedarnos a dormir en la playa haciendo
fogatas…
-
Pero yo no te conozco, tú no me conoces.
-
Mira, mientras llegamos a la casa de tu amiga conversamos y nos conocemos.
Después
de un momento de indecisión, se iluminó el rostro y subió al carro.
-
Vamos, vale[3] – dijo.
Alegre,
intenté arrancar el carro, una, dos… tres veces. Me acordé que había estado guardado más de un
mes por lo que la batería estaba baja.
- No
te asustes – le dije – es la batería que está descargada. Es que ha estado sin uso más de un mes. Basta con un empujoncito y arranca, luego se
carga sola. ¿Sabes manejar?
-
Desde los 10 años – contestó – la duda ofende.
- Ya
sabes. Enciende el motor, pon en
segunda, yo empujo y cuando cobre velocidad sacas el pié del embrague y…
-
¿Qué te crees? ¿Qué soy una pendeja?[4] ¡Empuja nomás que yo
sé que hacer!
Empujé
el carro. Felizmente la pendiente nos
favorecía y rápidamente cobró velocidad.
Arrancó el carro y ella lo corrió unos 20 metros y se detuvo con el
motor prendido, acelerando en neutro. Me
paré en medio de la pista, limpiándome las manos y ella, volteó sonriente, me
dio un beso volado como diciendo ¡triunfamos!
Ella se acomodó en el asiento y partió.
-
¡Chao, Pato Donald! – me gritó levantando el brazo haciéndome adiós.
Yo
sonriente levanté la mano correspondiendo a su adiós.
¡Sí…
partió!
Aceleró,
perdiéndose poco a poco en la distancia
mientras yo, como una estatua en medio de la pista, ponía cara de estúpido, de estúpido
sonriente, haciendo adiós a la bella ladronzuela que acababa de robarme el
auto.
¡Bobo!
[1]
Sifrinos, pitucos, tipo de chicos que se creen gran cosa tengan o no
tengan dinero, que solo hablan de moda, de autos de lujo, celulares y todas
esas babosadas. Reconoces a un sifrino por su manera de hablar, "mandibuleo";
mueven mucho la "quijada" y utilizan un tono donde las frases
"las dejan caer" y tuercen el "pico" y generalmente
terminan sus frases con un "osea", “pucha”, o un "obvio".
[2]
Gafo: tonto, torpe.
[3]
Vale: cuate, amigo
[4]
Pendeja; tonta
No hay comentarios:
Publicar un comentario